13 jun. 2016

Llamada

Ahí sigues, esperando esa llamada que no llegará, pero aún tienes la esperanza de un milagro. ¿No te cansas? Sabes desde hace mucho que no sonará ese teléfono, y aún así insistes en esperar cada día, convirtiendo cada segundo de tu ansiedad en un reflejo de tu necedad. 

¿Cuándo fue la última vez que hablaron? ¿Hace semanas? No, ya son meses desde la última vez que su voz acudió a tus oídos. La paz que emitía con cada palabra contrastaba con el caos que le conocías, ese que en su interior iba creciendo cada día, con cada recuerdo que no podía borrar y que con sádica ironía daba forma a su comportamiento, a esa persona que conociste y de la que te encariñaste. 

Si, su memoria era su perdición, lo supiste desde que escuchaste los primeros fragmentos de su historia. Todos esos recuerdos, todas esas vivencias, la manera en que fluían entre sus palabras, algunas veces bajo un disfraz de comicidad que, si bien procurabas prolongar, sabías que era frágil. Un chiste mal contado que puede terminar en tragedia. Humor negro hecho vida, o viceversa, ni tú lo sabes. 

Imposible negarlo, hicieron buen par. No pareja, sólo par. Compañeros y amantes, pero nunca un amor, no del ortodoxo. Mejores descripciones se han dado en tiempos recientes a ese tipo de relaciones, donde uno es guardián del otro, cayendo en los placeres pero sin cruzar los límites de la relación tradicional. ¿No te da risa pensar en eso? Tú, el romántico de toda la vida, finalmente encontraste una princesa para rescatar, y resultó ser una princesa inalcanzable.

Era inalcanzable, lo supiste desde el primer momento. Si después intentaste engañarte, es problema tuyo y de nadie más. Ella misma te lo advirtió; te bajó de tu nube varias veces, incluso lo admitiste en más de una ocasión. No te hagas ilusiones ahora, creyendo que esas últimas palabras que le escuchaste fueron el desenlace. Bien sabes que no puedes confiar en esas palabras, no puedes ser imparcial ante ellas. Por eso te lo digo yo.

Deja de mirar tu teléfono a cada instante, no te llamará. Fue una promesa hecha en un momento crítico, así que no puedes confiar en su veracidad, al menos no de la manera en que lo estás imaginando ahora. Imaginas que te lo dijo como un secreto guardado desde hace meses, como si hubiese esperado la ocasión especial y más dramática posible para corroborar que tus esfuerzos no fueron en vano y que lograste ganar su corazón, como antaño se decía. Iluso.

¿Por qué no te atreves a olvidarla? No será muy difícil después de todo este tiempo. Seguro que ya no recuerdas su voz, sus caricias ni su olor. Las memorias que tengas de ella ya las has deformado lo suficiente como para decir con certeza que la has inventado, que es una maquinación de tu destrozada psique. Todas las discusiones que tuvieron han dejado de hacer ruido en tus recuerdos, y de sus voz sólo mantienes el sonido de unas cuantas frases, todas ellas de muy conveniente melosidad y euforia, claves en esos episodios de lucidez que ambos compartieron y que les incitaron a soñar despiertos y vivir dormidos. Muy conveniente y linda, aunque falsa imagen de su historia. Pero quédate con esa versión, será lo más saludable.

Lo mejor que puedes hacer es seguir avanzando. Ya sé que odias dejar las cosas inconclusas, que necesitas un cierre para poder continuar tu vida y pasar a las siguientes experiencias. Lo sé, y por eso estoy aquí. Vine a recordarte la promesa que se hicieron. Ambos se dijeron, en una de sus tantas noches de éxtasis, que no atarían al otro. ¿Lo recuerdas? Yo sí, estaba ahí. Lo dijeron ambos, incluso ella lo reiteró en otras ocasiones, y en cada una de ellas tú prometiste que así sería, estarían juntos el tiempo que lo necesitaran, y nada más. 

Tienes que recordarlo, es muy importante. Una de esas veces no fue como previsión, sino como consecuencia. Haz memoria, es necesario. Sé que sus palabras aún rondan en tu mente por las noches, por más que intentes acallarlas. Lo sé porque yo también las escucho, y porque desde hace tiempo he intentado que dejes de ignorarlas. Debí intentarlo desde el primer día, pero admito que yo también quería mantener esa esperanza, porque al igual que tú, me sentía feliz con ella. Lamento ser quien te lo diga, pero no hay nadie más que pueda hacerte cambiar de opinión. Sólo tú mismo puedes convencerte, para bien o para mal, y tu parte sentimental está sucumbiendo a la incertidumbre y las paranoicas versiones que quieres contarte. No puedo permitir eso, no más.

Estos son los hechos: no sabrás de ella, no llamará otra vez. Desconozco el motivo, y siendo sincero, prefiero ignorarlo para poder mantener ese atisbo de esperanza respecto a su bienestar. Quiero esa ilusión de un final feliz para ella, aún cuando sé cuán complicado sería. Procuraste que el fatalismo no llegara a su vida, que estuviese con alguien capaz de comprenderla y que estuviese dispuesto a hacer lo mismo que tú. Sé que ella lo supo y valoró, pero ya va siendo tiempo de ajustarnos a la realidad, por pesimista que parezca la perspectiva.

Deja de esperar esa llamada. De una u otra manera, no podrá hacerla.