1 oct. 2014

13 Días (Completo)

 

Día 1: Miradas

Hoy mi vida ha vuelto a tener sentido. Hoy he visto una de las más maravillosas creaciones de este mundo. Fue en la escuela, a la hora de la salida, justo en el momento en el que todos se arremolinan para escapar de la atrofiante rutina. Ahí, entre toda la multitud, estaba ella, con su angelical sonrisa.

No pude seguir caminando, en cuanto la vi me petrifique por completo. Creí que estaba soñando, que era una especie de espejismo, pero gracias al cielo no era así. Sus ojos grandes de color castaño, haciendo juego con su cabello largo y suelto, no podían mentirme. Su silueta maravillosa que se amoldaba a la perfección con sus ropas eran hipnotizantes, aunque mucho me temo que no sólo para mí. No obstante, el instante tan sublime que viví al verla fue suficiente para que no penara en otra cosa que no fuera ella y su infinita belleza.

Pero eso no fue lo mejor de todo. Cruzamos nuestras miradas. No sabría decir si fue un segundo o si acaso duramos una hora mirándonos, no lo sé en realidad. Su mirada fue más que suficiente para que sucumbiera, para que perdiera la noción del tiempo. Es difícil detallar lo que sentí en ese momento, pero puedo decir que ese cruce de miradas me ha dado la mayor felicidad que nunca había sentido. Me dicen mis amigos que estuvimos así trece segundos. En realidad no sé si creerles o no, dudo que los contaran en realidad, pero no me interesa mucho. Lo que me interesa y no ha dejado de rondar en mi cabeza es ella. Fue el silencio más delicioso aquel que nos cubrió, haciendo todo el trabajo de nuestro primer encuentro.

No aguanto las ganas, ya deseo verla mañana.

 

Día 2: Saludo

Si ayer la felicidad que me embriagaba era mucha de por sí, hoy no sé que adjetivo darle. Aquella mujer, la que me cautivó con su mirada, se acercó a mí. Fue tan espontáneo y sereno que no me di cuenta de ello hasta el momento en que estábamos hablando. No me di cuenta por que en un principio creí que su saludo se dirigía a alguien más, tal vez a alguien detrás de mí, pero me equivoqué. Se dirigía única y exclusivamente a mí.

Su ojos bellos no se apartaban de su objetivo, o sea yo, y eso me puso aún más nervioso de lo que ya estaba cuando la vi acercarse. Aunado a ello, su hermosa y fina dentadura irradiaba un destello indescriptible, hermoso y cautivador que derretiría cualquier témpano de hielo al instante. Al saludarme, el tacto con su mejilla hizo que mi temperatura aumentara sin previo aviso, y al rozar mis labios en su piel y ella hacer lo mismo, sentí un chispazo estremecedor y cegador. ¡No podía aguantar tal sensación!

Fue mágico, simplemente mágico. Me dijo su nombre y le di a conocer el mío. Luego, nos quedamos platicando por un buen rato, lo suficiente para ver las manecillas del reloj dar tres de sus recorridos. Ni el hambre ni el abrumador frío que nos rodeaba nos detuvo en nuestra tarea de conocernos. Fue hermoso.

Lamentablemente llegó el momento de la despedida, y aunque quise con todas mis ganas acompañarla a su casa, ella me detuvo en el intento. Un beso de despedida con un ligero roce de labios provocó en mí un éxtasis interno que a penas pude controlar para que ella no lo notara.

Me pidió que nos viéramos mañana. Así será.

 

Día 3: Indirectas

Toda la mañana esperé ansioso a que llegara la hora en que acordamos encontrarnos. Es una impaciencia a penas aguantable, pero por ella estoy dispuesto hasta a lo imposible. Es especial, lo supe en el momento en que la vi, y lo confirmé al hablar con ella, aclarando todas las dudas que tenía acerca de su ser.

Fue algo espontáneo, pero nuestra amistad es bastante fuerte, y estoy seguro de que será duradera. Bueno, espero que logremos ser más que amigos, pero por el momento es más que suficiente si me permite contemplarla con su singular belleza. Nuestra plática se refiere a temas que en realidad no me interesan, al menos no más de lo que me interesa escuchar su melodiosa voz, con ese suave timbre que me arrulla a un sueño infinito de hermosas proporciones. Ya ni sé de lo que hablo, solo pienso en ella.

Toda la tarde estuvimos juntos, como una repetición prolongada del día de ayer. Pero esta vez me atreví a ser más directo, a intentar hacerle saber lo que siento desde el momento en que la vi. Me atreví a darle indirectas de mi cariño, de la fascinación que le profeso y de lo inútil que me sería estar sin ella. Pero no respondió, ni una palabra brotó de sus labios cuando terminé mi pequeño discurso improvisado y lleno de verdades disfrazadas de bromas inocentes. Me sentí agobiado por su reacción.

Creí que en ese momento se despediría y se iría, que no volvería debido a mi atrevimiento. Pero no fue así. En vez de irse y dejarme en el frío de la tarde moribunda, ella prefirió continuar el juego, aunque después de un par de segundos de silencio. Sus palabras trajeron nueva esperanza a mi vida, y mis ilusiones vieron una pequeña estela de luz en su desastroso camino.

Continuamos platicando otros minutos más, y después nos despedimos. Aunque recién es la segunda vez que lo hace, comienza a hacerse costumbre su negativa a que la acompañe, así como el beso de despedida.

Mañana la veré de nuevo, y espero que se vean consumados su esfuerzos.

 

Día 4: Declaración

Hoy fue el día decisivo. Hoy por fin le declaré mi amor sin mayores rodeos.

Nos encontramos a la salida de la escuela, como los otros días, y me tomó de las manos al verme. Sus ojos irradiaban felicidad una alegría tan maravillosa que iluminaba todo a su alrededor. No me dijo nada fuera de lo normal, simplemente me saludó y me llevó por las calles, caminando y mirando a todos los que pasan por la acera, deleitándonos en la brisa que soplaba, una brisa cálida a pesar de la época, y que parecía resaltar lo especial del día. Si hubiese sabido que ese clima no duraría, tal vez hubiese elegido ese momento preciso para hablar seriamente con ella.

Seguimos caminando, y después de algunos minutos de andar sin rumbo fijo, nos enfocamos en buscar un lugar donde comer. Ella eligió un modesto pero elegante restaurante que estaba en las cercanías, y yo la secundé en su decisión. El lugar era lo de menos, lo que me importaba era la forma en la que me le declararía.

Elegimos una mesa al lado de la ventana principal, y después de ordenar nuestros platillos, continuamos con nuestra animada plática. Ahora ponía más atención en sus palabras, no porque no lo hiciera antes, sino porque deseaba encontrar el hilo que me llevara al tema que quería abordar. Cualquier cosa que sugiriera una relación sería conveniente para mi declaración, pero no llegaba el tan ansiado tema.

Terminamos de comer, comenzó a llover y continuamos con nuestra plática, pero seguía sin hallar un punto que pudiera usar para iniciar mis planes. Comencé a sentir desesperación. Hoy debía ser el día, hoy tendría que declararle mi amor, no podía haber otro día más. La desesperación me hizo su presa por unos instantes, los suficientes para que ella lo notara, y entonces tuve que hablar.

Le confesé que sentía algo muy intenso por ella, un sentimiento tan puro que no podía explicarlo con palabras, y que lo más cercano a esa sensación era describir lo maravillosa que me parecía era su mirada, su sonrisa, su cabello, toda ella en conjunto, toda ella en sí. Se limitó a responder que no había dicho nada en realidad. Mi contra respuesta fue que entonces no había comparación alguna. Guardó silencio, ese tipo de silencio que mata lentamente y que destroza los nervios ante el inmenso dramatismo que ocasiona. Me pidió tiempo para responder la pregunta que no pude formular pero que quedó implícita en mis palabras. No tuve más remedio que acceder a su petición de prórroga.

Salimos del restaurante y nos despedimos, solo que esta vez el beso tuvo mayor sequedad que en los días anteriores. ¿Acaso mi declaración la hizo entrar en dudas?

Tal vez el día de mañana ella tenga más claro el panorama.

 

Día 5: Amor

¿Acaso he llegado al cielo? ¿Será que encontré un ángel con su propio paraíso terrenal? Dudo que la respuesta sea afirmativa a cualquiera de estas preguntas, pero se acerca mucho a lo que parece.

No la vi en toda la mañana. De hecho, tuve que esperar algunos minutos afuera de la escuela hasta que ella saliera, pero la impaciencia que tenía desde el día anterior me estaba destruyendo desde adentro. En cuanto me vio, me pareció que no quería estar conmigo, que de alguna manera la había distanciado. Sin embargo, la realidad era que había olvidado algunas cosas en la escuela, y una de sus amigas ya se las llevaba para evitarle el trayecto tan largo.

Me acerqué a ella, teniendo sumo cuidado de no presionarla, de no hacerla sentir acechada. Pero en mi cabeza con duro trabajo pude controlar mis ganas de cuestionarla, de exigirle una respuesta por mi pregunta del día anterior.

Ella llegó hasta mí con una sonrisa de oreja a oreja, una muy similar a la que tenía cuando hablamos por primera vez. Eso me llenó de esperanza, de que ya hubiese decidido sobre mi situación, nuestra situación. Cuál no sería mi sorpresa al notar que hablaba de otras cosas, evitando a toda costa mencionar cualquier tema relativo a nosotros dos juntos. Me llené de tristeza, y ella pudo notarlo.

Con sus suaves y tiernas manos levantó mi cabizbajo rostro, y con una sutileza increíble me pidió que le acompañara hasta su casa. Habría saltado de alegría de no ser por lo ridículo que me hubiese visto y porque aún sentía cierta punzada en mi vientre, esperando un vigorizante sí o un destructor no.

Caminamos por varias calles mientras una suave llovizna nos cobijaba con su fría sensación, platicando de lo que nos había sucedido, o más bien, yo iba escuchando lo que a ella le había pasado en el día. Yo no quería hablar, no me atreví a hacerlo. Sentía que al hablar solamente tendría como punto de conversación mi amor declarado, la respuesta que esperaba y la impaciencia que me llenaba cada poro.

En determinado punto nos detuvimos, y ella me dio a entender que habíamos llegado a su casa. El lugar era sencillo pero elegante y bello a su manera, muy similar a la persona que ahí vivía. Nos acercamos hasta la puerta, semiempapados por la llovizna incesante de la tarde, y ahí estuvimos un largo rato, platicando. Yo miraba mi reloj, esperando con ansia una de dos cosas: o el momento en que me diera una respuesta o el momento en que pudiera irme. Mi sufrimiento y agonía parecían incrementarse como el agua en el pavimento, así que mientras menos tiempo estuviera cerca de ella, al menos mientras su indecisión durara, para mí sería mejor. Era una irracionalidad de mi parte el exigirle en tan poco tiempo una decisión de tal magnitud, pero no podía hacer otra cosa, mi impaciencia es demasiada.

Sentí entonces sus dedos rozando mi mejilla, y al levantar la vista me encontré con una mirada seria pero igual de bella que todas las que ella me había mostrado. Sonrió de nuevo y me habló suavemente, con tranquilidad en sus palabras pero con una decisión envidiable. Lo había pensado ya, su respuesta estaba lista, pero había estado buscando el momento indicado para decírmela. Sí.

Ese par de letras, ese sonido tan simple fue la causa de mi felicidad. No pude contenerme y la abracé con fuerza, para luego separarnos un poco y mirarnos fijamente unos segundos. El beso que sellaba el inicio de nuestra relación fue el punto final de la plática.

De nuevo perdí la noción del tiempo, no supe cuánto pasó. Al darme cuenta ya estaba despidiéndome de ella desde la banqueta frente a su casa. De pronto, todo en mí cambió.

Ahora las cosas toman un nuevo color, uno muy hermoso.

 

Día 6: Dudas

Tal vez sea paranoia mía. Me siento confundido por su actitud de hoy. Sentí que, sin razón alguna, su comportamiento fue frío, seco, que sólo habló conmigo lo estrictamente necesario. No lo sé. Miles de dudas me han atacado este día. Sentí que el mundo se estaba volviendo en contra mía.

Durante las clases hablé con algunos de mis amigos. Aún no les he dicho de mi relación con ella, y eso fue precisamente lo que me desconcertó. Comenzaron a hablar de ella, de su forma de ser. Entre palabras pude escuchar algunas insultantes, varias que rebajaban su reputación, chistes de mal gusto… Poco faltó para que perdiera el control y les respondiera. No lo hice porque sé que son mentiras, porque les gusta mofarse de las personas a sus espaldas. Pero aunque sepa eso, las palabras que dicen hacen grandes heridas en mí. La plática de mis amigos no fue ningún incentivo a mi confianza en ella. Decían que era un mujer fácil, que solo jugaba con quien podía. Poco a poco fue subiendo de tono la plática, y no tuve otra opción que irme de ahí.

Casi al momento de separarme de ellos, recibí un recado de ella por parte de una de sus amigas: en él me decía que ni hoy ni mañana podríamos vernos, que un asunto importante había surgido y que no podía dejarlo de lado. No hubo problema, no me molestaba el no verla un par de días.

Sin embargo, al salir de clases sentí curiosidad de saber hacia dónde se dirigía. Esperé como de costumbre, recargado en una de las bardas cercanas a la escuela, con poca esperanza de verla. Creí que había salido antes, tal vez ni siquiera había ido hoy. Pero no, ahí estaba ella. La noté muy tranquila, nada presionada, todo lo contrario a como su amiga me había dicho que estaba. ¿Sería que ya había solucionado su problema?

Estuve a punto de acercarme a ella, pero en ese preciso momento apareció una silueta a sus espaldas, cosa que me hizo detenerme en seco. Si hubiese estado en peligro estoy seguro de que mi reacción habría sido totalmente opuesta, pero en este caso fue la sorpresa lo que me detuvo. Sentí una oleada de calor subir por mi espina dorsal, llegar a mi cabeza, y por último, irrigar toda la sangre acumulada por todas mis extremidades, con una presión a penas soportable. Fue un momento espantoso, sentía que el mundo caía sobre mis hombros mientras me ahogaba bajo su peso. La silueta era de uno de mis amigos, de los más cercanos.

¿Qué tenía que hacer él con ella? Luego de superar la primera impresión, sentí la necesidad de llegar donde ellos y aclarar las cosas. Tal vez era un malentendido y yo solo estaba imaginando situaciones que no tenían razón de ser y mucho menos posibilidad de ocurrir. Pero antes de que lo hiciera, ellos se alejaron por la avenida, caminando muy juntos, casi de la misma manera en que lo hiciera conmigo ayer.

Sólo una calle nos separaba, y me dispuse a cruzarla para quedar frente a ellos. Pero la suerte no estuvo de mi lado en esa ocasión, tal vez por una despreciable coincidencia o por azares del destino. Un enorme camión de carga pasó frente a mis ojos a una velocidad lenta en realidad, o por lo menos a mí me pareció eterno el lapso que tardó en cruzar. Desesperadamente busqué algún espacio en el camión, una pequeña franja que me permitiera ver al otro lado de la calle para saber a dónde se dirigían, pero fue en vano.

Cuando por fin terminó de pasar frente a mí, miré en todas direcciones para saber el camino habían tomado, pero no había nadie. Se habían esfumado entre el ruido de los automóviles y el humo que estos despedían, dejando desolada la grisácea acera.

Las dudas tomaron forma en mi cuerpo, o más que forma, acciones. Un retortijón en mi vientre casi me hizo caer de rodillas, mientras mi cabeza daba vueltas. Solo son dudas, no hay nada de lo que te debas preocupar, me repetía una y otra vez. No había nada de que preocuparme… así como tampoco había nada que pudiera hacer.

¿Por qué tuve que verlos? ¿Por qué tuve que escuchar a su amiga? ¿Por qué mis amigos eligieron este día para hablar de ella? ¿Porqué me desperté hoy? Igual, ya estaba hecho, tenía que resignarme. Regresé a mi casa, ahuyentando todos esos pensamientos de mi cabeza, aunque con gran dificultad y sin resultados efectivos. Y ahora estoy aquí, escribiendo. En su casa no responden, no tengo otra forma de localizarla y dudo mucho tener las fuerzas para llegar hasta su hogar.

Tal vez sea paranoia mía. Espero que solo eso sea. Mañana aclararé todo.

 

Día 7: Espía

No fue lo que esperaba. Este día se complicó demasiado.

Hoy decidí no ir a la escuela. Bueno, más que decidir, era demasiado tarde cuando me levanté, así que preferí planear lo que haría este día.

Fui hasta la escuela, esperé la hora de salida y me mantuve atento, buscándola con la mirada mientras me aseguraba de estar oculto tras una pared, arrinconado en una esquina. Hoy sería un espía, descubriría cual era el problema que ella tenía y saldría de todas mis dudas. Mi paranoia de ayer me había ofuscado en mis intentos de actuar, pero hoy era distinto. Hoy pensaba con mayor claridad y frialdad.

Me aseguré de vestirme distinto de como acostumbro. No debía dejar que me reconocieran. Un gorro cubría mi cabeza, así que sería difícil que supieran quién era.

De pronto la vi. Igual que ayer, salió despreocupada, tranquila, como siempre. A los pocos segundos apareció la silueta de mi amigo… pero no era el mismo de ayer. Esta vez era otro. ¿Dos de mis amigos? ¿Uno cada día? ¿Qué estaba pasando? Me pregunté de inmediato en voz baja. Nadie me respondería, así que las respuestas solo las podría encontrar yo.

Los vi caminar por la calle, igual que ella hiciera con mi otro amigo el día anterior. Esta vez me aseguré de no perderlos de vista. Subieron a un autobús y me dirigí a este. Al subir yo también, procuré no dar la cara hacia el fondo del vehículo, a sabiendas de que ellos mirarían hacia enfrente casi obligatoriamente. Pagué mi pasaje, diciendo al chofer que iba al mismo sitio que los dos pasajeros recientes. Él me miró algo desconfiado, pero luego recibió el dinero, hizo caso omiso de mí y continuó con su trabajo.

Me senté un par de asientos delante de ellos, ya que se habían acomodado en los lugares del fondo. Miré por la ventana y agucé el oído para saber de lo que hablaban. Pero el ruido de la calle era demasiado y no podía escuchar gran cosa.

Poco a poco mis oídos se acostumbraron al ruido del ambiente, y entonces pude diferenciar sonidos más sutiles a través de los pitidos de claxon y de motores encendidos. Primero escuché la voz de ella, tranquila, suave y delicada como siempre. La voz de mi amigo no fue tan clara como la de ella. Era en totalidad contrastante, y se distorsionaba con el paso de los automóviles.

No obstante a todo, pude distinguir entre la mezcla homogénea y errática de palabras una frase que acrecentó mi desconfianza. Después de mencionar mi nombre, ella le decía a mi amigo “…él no debe enterarse de esto. Es nuestro secreto, nuestro secreto…”

No pude más. Me levanté del asiento y casi corrí hasta el chofer. Con una ira que difícilmente pude controlar fue que pedí bajar en la siguiente oportunidad que tuviera. Quería alejarme de ellos cuanto antes, olvidar sus palabras, dejar atrás todo. Si tan solo fuera tan fácil el olvidar…

Al bajar del autobús, mi curiosidad pudo más que mi sentido común, y miré de nuevo hacia la ventanilla en donde ambos podían verse. Ahí estaban los dos, continuando con su “secreto”. Me tragué lenta y dolorosamente mis ansias de regresar donde ellos al mismo tiempo que el autobús reanudó su marcha. Me quedé unos minutos ahí, en medio de la calle, con la mirada vacía y los ojos llenos de lágrimas. Algo debía hacer…

Mis pensamientos no dieron para más. Corrí en dirección a mi casa después de buscar las suficientes señas que me indicaran el camino que debía seguir. Fue una larga caminata, pero luego de poco más de una hora me encontraba frente a la puerta de mi hogar. El único sitio que sentía mío en ese instante.

No le llamé. Toda la noche he estado mirando el reloj con ira. He escrito millares de cartas, todas llenas de rencor y dolor, y que sin excepción terminaron en el bote de basura. La noche no me ha servido de consuelo en nada, y no puedo conciliar el sueño. Veo la luna y sigo imaginándola, a ella y a sus palabras y mentiras.

Mañana hablaré con ella. Debo dejar las cosas claras.

 

Día 8: Confrontación

Terminó al fin.

Como ya es costumbre, esperé a la hora de la salida a que apareciera ella. Tal vez la vería con mi amigo, el que saliera con ella hace dos días, o tal vez le tocara repetir al de ayer, o cabía también la posibilidad de que hubiera un tercero. Eran muchas la posibilidades que repentinamente aparecieron en mi cabeza, demasiadas las teorías y mucho más era el dolor.

Durante mi espera, abría y cerraba mis puños, una y otra vez, repitiendo para mis adentros todas las cosas que había vivido con ella. Cada instante de los últimos días había pasado por mi mente en una recapitulación de mentiras, de farsas, de un engaño cruel hacia mí y que fue edificado y ejecutado por la persona de la que menos lo esperaba, y a la que tanto cariño le tuve. Todas mis ilusiones se fueron directo al infierno, y yo con ellas, haciendo compañía al intenso fuego desgarrador y cruel que castiga eternamente. Pero no entiendo por qué me castiga, si no le hice nada malo…

En cuanto la vi salir corrí hasta ella. No me importó nada a mi alrededor, ni el auto que casi me atropella al cruzar la calle, ni las dos o tres personas que empujé a mi paso, y mucho menos la caída que logré frustrar en mi desesperada carrera. Nada me importó en esos segundos que tardé en aproximarme lo suficiente a ella. Mi furia era apenas contenible, y mi deseo de hacer algo, de desahogarme, estaba a punto de escapar de mis fuerzas.

Ella pudo verme desde lejos. No hizo nada además de sorprenderse. Obvio. No me había visto así en el tiempo que me conocía. De hecho, ni siquiera yo conocía esa faceta. De cualquier forma, no hizo nada por detenerme, ni siquiera por escapar. Sólo se quedó ahí parada, esperando mi llegada, como si lo estuviese esperando desde tiempo antes, provocándome.

Eran tantas las repeticiones de mis puños abriéndose y cerrándose… Era la única forma de retener mi ira en ese momento. Mis pies redujeron su velocidad al andar mientras más me acercaba a ella, como si quisiera alargar la agonía que me causaba verla ahí, tan despreocupada. ¡Oh Dios! Si lo que quería era terminar con todo cuanto antes.

Me saludó con un “Hola” poco antes de que la tomara de los brazos. No respondí, he de admitir, ya que si lo hubiese hecho, seguramente mis palabras habrían sido veneno puro. No tenía en mente decir otra cosa que no fueran insultos o reclamos. Ella pareció notarlo. Lo vi en sus ojos.

Casi de inmediato, dos tipos se acercaron a nosotros. Conocidos o amigos de ella, seguramente. No los reconocí y hasta este momento no puedo recordar sus caras. Ambos, uno de cada lado, me sujetaron como si fuera presidiario, con la clara intención de retirarme de ella. Claro, imbéciles, como si me fuese a dejar…

El tipo de mi lado izquierdo era más débil que el otro. Lo noté en cuanto me sujetaron. Aproveché esa debilidad para zafar primero ese brazo. Acto seguido, lo usé para golpear la frente del tipo de mi lado derecho antes de que actuara. El débil no supo que hacer, y de nuevo me hallé aprovechando su debilidad. Otro golpe en la frente, como recordatorio de que no debían tocarme.

Ella se llevó las manos a la boca mientras retrocedía unos pasos. Más personas se acercaron, algunas alegando en mi defensa, pero la mayoría estaban a favor de los dos tipos que ya estaban en el suelo. No me inmutó eso. A final de cuentas, yo quería hablar con “Ella”, nadie más. Echó a correr. Me dispuse a alcanzarla, y de nuevo se frustraron mis intentos al encontrarme con uno de mis amigos. Precisamente el primero con quien la viera apenas unos días antes.

Recuerdo su expresión. La recuerdo y me da asco… Era como si me tuviera lástima, como si estuviera actuando de una forma indebida. Estoy seguro que el muy hipócrita hubiese actuado mucho peor si los papeles estuvieran invertidos… De nuevo, mi puño derecho tuvo recepción en un rostro.

Continué en la persecución. Ella no había corrido mucho. La alcancé casi enseguida y de nuevo la sujeté de los brazos, haciendo girar su mirada hacia mí. La miré a los ojos y, aún jadeando ambos, le pedí explicación ante lo que estaba sucediendo. Su respuesta no pudo ser menos satisfactoria: “¡Aléjate de mí! ¡Estás loco! ¡No quiero saber nada de ti! ¿Entendiste? ¡NADA!”

Sólo de pensar en esas palabras vuelvo a sentir ese vuelco en mis entrañas, esa explosión en mi cabeza, esa destrucción de mi amor…

No le respondí de inmediato. Continué mirándola, pero no dije nada. No sé qué es lo que pasaba por mi mente para entonces. Escuché sus palabras, entendí lo que quería decirme y, no obstante, continuaba aferrándola con mis manos. Sé que mi ira no se esfumó ni siquiera en ese momento. Lo sé por la mirada de ella. Tenía en su mirada el miedo…

No sé cuánto tiempo pasó. Con ella me suele suceder. La solté finalmente. Di media vuelta mientras escuchaba sus sollozos y decidí irme. Solo pudimos decir en voz baja pero aún audible y al unísono “Esto terminó”

Por más que intento recordar, no puedo decir el cómo llegué hasta mi casa. La noche aún no caía, así que no anduve vagando mucho tiempo. Es curioso, pero desde ese momento en que dijimos “Esto terminó”, no tengo ningún pensamiento de ella. Pareciera que se esfumara de mi mente tan pronto como dijimos esa frase, del mismo modo parecen haberse ido el resto de mis recuerdos de esta tarde.

Ni siquiera ahora que estoy escribiendo lo sucedido puedo recuperar esos recuerdos de lo que sentí luego de terminar con ella. Creo que es indiferencia lo que siento en estos momentos.

Tal vez era lo que esperaba. Tal vez esto sea lo mejor para los dos…

 

Día 9: Depresión

No. Definitivamente no es lo mejor.

Este día ha sido eterno para mí. No dejo de pensar en ella. Es como si ayer hubiese reservado todo para que hoy me carcomiese.

No fui a verla. No pienso hacerlo. Tampoco le he llamado. No pienso hacerlo. Seguramente, ella tampoco piensa hacerlo. No después de lo sucedido ayer.

Este día ha sido uno de los más deprimentes de mi vida. Las nubes grises parecen esperar el momento en que me descuide para caer sobre mí, con su voluptuosidad oscura que me envolvería en el peor abismo que he conocido hasta ahora… No sé ni lo que digo. Las malditas nubes son del blanco más brillante que he visto en mi vida y sólo se han movido por el viento.

Quería salir por la mañana a caminar, pero fue mayor la pesadez de mi alma, así que no salí de la cama hasta ya entrada la tarde. No probé alimento en toda la mañana, el hambre parece no afectarme hoy. Ni siquiera la sed me acosó en todo el día. Lo poco que probé de alimento y de bebida fueron unas cuantas galletas que encontré en la cocina y un vaso de agua, y con eso me bastó.

No quiero saber nada del mundo, y mucho menos de ella. Pero si así es, entonces ¿por qué anhelo tanto su presencia? ¿Por qué sigo pendiente al teléfono esperando su llamada, una llamada que sé que nunca hará y que aún así creo con todas mis fuerzas que está por llegar? ¿Por qué tiemblo cada vez que pienso en ella? ¿Qué carajos me pasa?

El día me ha parecido eterno. No puedo hacer otra cosa que pensar en ella y en su llamada, en que el siguiente minuto será el propicio para que levante el auricular y que ambos resolvamos esto, que me diga que es mentira lo que vi, que tan sólo era una ilusión… una maldita ilusión de tres días…

Cada momento que miraba el reloj, suponiendo que se había consumido una hora más de mi vida, me percataba con extrañeza que no había sido una hora la que había pasado, sino a penas un par de minutos, y en ocasiones hasta menos. Estaba tan desesperado que comencé a apretar mis puños nuevamente, una y otra vez, y cada repetición la realizaba con mayor fuerza que la anterior. Tan sólo la humedad de mi propia sangre en mis manos fue capaz de sacarme de ese sueño vacío que me ha alejado este día de la realidad. Ese sueño que lleva su nombre y que parece que no terminará hasta convertirse en una pesadilla..

De alguna forma que ignoro, he logrado llegar con cierta cordura al final de este día, y para demostrarme que es verídica tal afirmación, es que escribo en estas hojas sueltas algunos de los pensamientos que por mi mente pasaron hoy… aunque todos mis pensamientos se centraron en ella y en el día de ayer..

Debo hacer algo y pronto. No puedo concebir mi vida sin ella. Pero tampoco puedo concebir mi vida con sus engaños y traiciones. ¿Qué debo de hacer? Pensar en ella me hiere, pero si no pienso en ella simplemente no puedo vivir. Es lo más hermoso que he conocido en mi vida, y ahora está lejos de mí, tal vez para siempre…

Algo debo hacer.

 

Día 10: Decisión

Anoche lo supe.

Durante lo poco que dormí, pude ver en mis sueños la respuesta. Como un halo de luz que buscara iluminarme desde siempre, como si me estuviera esperando pacientemente en mis sueños, ahí estaba, la solución que ayer no pude encontrar en todo el día.

Ya sé qué hacer, y he comenzado a prepararme para ello. Ya tomé la decisión.

En cuanto desperté esta mañana comencé a buscar lo que requería para llevar a cabo mis planes, para poder alejarme de este sufrimiento. Es la única forma en que podré dejar de pensar en ella, dejar de soñarla despierto. No hay otra opción. Si no es de esa forma, ella continuará en mis pensamientos, destruyendo cada eterno minuto de mi vida.

Los materiales que requiero son pocos, y la mayoría serán sólo para confirmar que todo salga a la perfección. En cuanto vea lo que haré, se dará cuenta de cuanto la amo y de cuanto sufrí por ella. Sólo de esa forma todo quedará claro.

Hoy conseguí los materiales, y mañana comenzaré a armar todo.

Esa es la única solución…

 

Día 11: Solución

Ha quedado todo listo.

Muchos dirían que exageré, pero no puedo darme el lujo de fallar siendo esto tan importante. Estamos hablando de mi mayor ilusión… de la razón de mi vida… de mi vida… literalmente…

No estoy loco. Lo sé porque he razonado detenidamente este plan, y he pensado seriamente en las consecuencias. También he pensado en ella, y efectivamente, no hay remordimiento en ninguno de mis pensamientos. Hoy terminaré con mi vida.

Es la única solución. Sólo con mi muerte puedo deshacerme de todo aquello que me recuerda a ella. Todo en mi vida tiene su sello implícito, todas mis posesiones han sido tomadas por su figura, y en cada una de ellas puedo verle con su hermosa e hipócrita sonrisa. Todo mi mundo es ella.

Si, es la única solución. Sólo con mi muerte ella podrá ver el daño que causó, lo cruel de su traición y de sus engaños hacia mí, hacia la persona que la amó más que nadie. Yo pude darle un mundo maravilloso, uno lleno de fantasías y amor infinitos, tan infinitos como su belleza… pero no lo quiso así…

Sólo con mi muerte se podrá dar fin a sus artimañas, haciéndole entender que lo que me hizo no deberá hacérselo a nadie más. No sé si fui el primero, pero estoy seguro de que seré el último. Hoy terminará todo, no habrá más para ninguno de los dos.

Todo está listo y el plan se ha puesto en marcha. De pie sobre una silla lucho por hacer legibles lo más posible mis palabras. Una gruesa soga rodea mi cuello mientras escribo esto lo mas rápido que puedo, ya que el tiempo es de suma importancia. La sangre que hace las veces de tinta brota de mi muñeca izquierda casi como lo hiciera de las palmas de mis manos en los días recientes. A la vez, contemplo en el suelo el vaso de agua ya vacío que me ayudó a pasar por mi garganta las píldoras tranquilizantes. Si, será un largo sueño…

Es hora de terminar esto. Así como me bastó dar un paso al frente para estar a tu lado, para poder conocerte, es así como con un solo paso terminaré con todo.

Adiós hermosa traidora, que fuiste mi perdición al creerte mi salvación. Tú, la única que despertó en mi el amor ardiente que deseaba compartir, y que posteriormente tanto me hizo sufrir. Adiós te digo, musa de la más bella poesía, por que en estos momentos dejarás de ser mi vida.

Adiós…

 

Día 12: Lágrimas

Qué curioso es este asunto de la muerte.

Imaginaba que después de mi último suspiro, del último latido de mi corazón, ya no habría nada. Como si me quedara dormido y ya nunca despertara. Pero no fue así.

He muerto, y por mi propia decisión, pero aún estoy en este mundo. Estoy y no estoy. Puedo ver mi cadáver mientras escribo de nuevo en este diario que creí no volver a utilizar. Soy un fantasma, supongo.

Si escribo es porque al parecer no ha terminado mi venganza. Al parecer, sigo aquí porque aún debo ver algo más, y ni siquiera la muerte es capaz de evitar eso. Tal vez esté destinado a mirarla sufrir. Tal vez es así.

Hoy encontraron mi cadáver en la madrugada. Todo fue de lo más común, incluso puedo decir que lo había visualizado así. Sorpresa, gritos, lágrimas, histeria, dolor, remordimiento, arrepentimiento, sufrimiento…

Salieron a la luz varios sentimientos de los que nuca me había percatado en mis amigos y familiares, y no estoy seguro de si sean sinceros todos ellos. La muerte de alguien suele ser el mejor momento para decir lo que no pudiste decirle en vida, incluso para exagerar cualidades o conferir nuevas.

Todo sucedió rápido y de la manera clásica. Hicieron un par de averiguaciones, encontraron mis notas, se preparó el funeral, se inició el velorio. El velorio es lo que había estado esperando…

Ahí la vi. Tal como lo había planeado, mi antigua musa asistió a mi velorio, a darme el último adiós, como le llaman muchos. El color negro de sus ropas la hacían verse tan bella como la primera vez que nos encontramos, y las lágrimas de sus ojos me hacían recordar esa tarde de lluvia que pasamos juntos, El dolor estaba clavado en lo más profundo de su alma, y yo era el único responsable. Y me alegro de ello.

Verla llorar, arrepentirse de lo que hizo, sufrir en cada instante que miraba mi ataúd, en cada instante que se acercaba a mirar mi cuerpo ahora inmóvil y frío, cada vez que escuchaba mi nombre… Tanto sufrimiento en ella, tanto dolor, tantas lágrimas. Mi plan dio resultado, conseguí lo que quería.

No sé si fui el primero, pero sé que fui el último. El resto de su vida será de infelicidad, el amor dejará de existir en su inmunda vida, esa vida que no quiso compartir conmigo, esa vida que era la razón de la mía. Ahora puedo decir que estamos a mano. He consumado mi venganza.

Es curioso, pero aún después de eso, sigo en este mundo. Tal vez aún me quede algo por ver, algo más de ella que me es necesario tener en mis recuerdos cuando deje este limbo entre la vida y la muerte. Y mientras espero, sigo contemplando su rostro, bañado en lágrimas, escuchando sus lloriqueos y lamentos por no poder haber estado conmigo. Escucharla gritar “¿Por qué se fue? ¿Por qué no le llamé?” me provoca un éxtasis inmenso, similar al que me provocaba con su mirada y sus promesas.

Seguiré viéndola, y seguiré esperando ese momento en el cual pueda continuar con mi vida, o más bien, con mi muerte.

Satisfactoria ha sido mi venganza.

 

Día 13: Verdad

No puedo hacer nada más que reír.

Ahora sé qué es lo que me detenía en este limbo. Ahora conozco todo aquello que me fue ocultado desde el principio. Y ahora que lo conozco, no puedo hacer nada más que reír.

Mi funeral inició temprano. Ella estaba al frente, con un ramo de flores, lista para ofrendármelas a manera de despedida. Los rituales acostumbrados se celebraron, y mientras el ataúd que contenía mi cuerpo fue descendiendo entre la tierra, ella se dejó caer de rodillas frente a él, llorando de desesperación. Luego de llegar al fondo, el ataúd fue cubierto con tierra, y poco a poco se retiraron los asistentes. Pero ella no. Ella se quedó ahí, de rodillas frente a mi tumba.

Yo me quedé frente a ella, pues aún disfrutaba sus lágrimas y sus lamentos en un sádico e inhumano placer fruto de mi paranoia y de mi deseo de venganza. Ella lloró por unos momentos más, y después reveló la verdad de lo sucedido, la verdad que pudo ser definitiva en mis decisiones, y que posiblemente me hubiese salvado de la muerte en la que ahora me he hundido.

Recuerdo sus exactas palabras:

“Si tan sólo te lo hubiese dicho… Si tus amigos hubiesen traicionado nuestro pacto… Si yo no hubiese querido sorprenderte, hoy estaríamos celebrando. Quería hacer algo por ti, algo que te demostrara el amor que te tenía, por eso me quise ausentar un par de días, para dirigirme a tus amigos, a pesar de que ellos me pretendieran hace no mucho tiempo”.

Entonces llegó a mí la revelación, igual que en mi sueño de días antes. Entonces lo supe: mis amigos hablaron mal de ella porque fueron sus pretendientes anteriormente, pero prefirió estar conmigo que con cualquiera de ellos. Ella se quiso alejar dos días para poder preparar todo sin tener tantas presiones. Habló con mis amigos por separado para poder preparar la sorpresa, haciendo un pacto con ellos de que no me revelarían nada. Hizo todo esto por mí, porque mi cumpleaños es hoy…

Y yo lo arruiné. Arruiné su sorpresa, sus planes, nuestro amor… arruiné mi vida y la de ella…

Quise llorar, pero al parecer un muerto no puede hacerlo. Quise gritar, pero nadie me escuchó. Quise disculparme con ella, pedirle perdón por haber hecho semejantes tonterías… pero no pude hacer que me escuchara o que tan siquiera lo supiera. Mis celos fueron la condena, y ahora el último recuerdo que tendrá de mí es esa carta llena de rencor y odio, sentimientos que nunca debieron existir en mi corazón, y mucho menos hacia ella, hacia mi musa…

Pero eso no fue todo. No, el día apenas iniciaba.

La seguí después de que dejara el cementerio, y al llegar a su casa se dirigió inmediatamente a su habitación, cerrando la puerta a sus espaldas. La vi buscar desesperadamente distintas cosas en sus cajones, bajo su cama, en su armario, en toda su habitación. A los pocos minutos, el suelo estaba repleto de fotografías mías y nuestras, fotografías que nunca supe que había tomado pero que ahí estaban. Desde antes de hablar, ella ya se había fijado en mí.

Estaba asombrado, pero sus acciones no habían concluido aún. Tomó todas las fotografías y las llevó hasta el baño, dejándolas caer en la tina. De inmediato, abrió la llave del agua, y dejó que se ahogaran los recuerdos, que algo más que sus lágrimas cubrieran y bañaran mi imagen por última vez. Sí, por última vez…

La vi desnudarse. Mi fantasía era ver caer sus ropas con delicadeza y lentitud, pero sólo la vi despojarse de sus prendas con rapidez, con urgencia diría yo. Luego, entró en la tina, rodeándose de las fotografías, y tomando una en la que los dos nos abrazábamos. Apretó esa foto contra su pecho desnudo, la miró con sus ojos aún empapados por sus lágrimas y por el dolor, y besó mi rostro en la fotografía, con un amor que nunca imaginé que existiera.

Yo seguí mirándola, sin poder hacer nada, gritando para se detuviera, para olvidara que había muerto y que olvidara ese amor. Ahora que sabía la verdad, ahora que sabía que todo había sido mi culpa, le pedía, le imploraba, le rogaba que no hiciera la misma estupidez que yo hiciera cuarenta y ocho horas antes… pero mis súplicas fueron en vano…

Tomó una navaja, no sé de dónde, no la vi. Mi mirada estaba concentrada en sus ojos, deseando con todas mis fuerzas que la cordura no la abandonara como lo hizo conmigo. Vi como acercó la navaja a su muñeca, a la izquierda, como yo. Escuché cómo el agua comenzaba a desbordarse de la tina. La vi presionar su piel con el metal. Escuché sus últimas palabras, un simple “Te amo. Como prometí, estaré contigo en tu cumpleaños”. Luego, la vi desangrarse. La escuché dar su último suspiro. La vi morir…

Esperé por ella, creyendo que me encontraría en este limbo, como si fuese una escena de película romántica. Y entonces recordé que en el limbo sólo estamos las almas en pena…

Por eso, sólo puedo reír. Pero mi risa es de histeria, de locura, de dolor. Mi paranoia y mis celos crearon toda la confusión. Sus buenos deseos e intenciones puras nunca debieron ser puestas en duda por mi estupidez. Sólo puedo reír porque la mayor imbecilidad que pude cometer la cometí. No sólo perdí al amor de mi vida, sino que lo alejé, me despojé de mi vida, y después de ello, miré cómo se consumaba la de ella…

Ni siquiera en la muerte podremos estar juntos. Muy caro pagaré mis estupideces.

Sólo puedo reír…