28 oct. 2013

Sesión

Diez minutos. No es mucho en realidad, pero ese atraso implica que beba otra taza de café. Por fortuna traje suficientes reservas. El nerviosismo me invade como si fuera primerizo en esto. Y lo soy, al menos con ella.

Tocan a la puerta. De inmediato dejo la botella de café helado preparado en la mesa y me apresuro a abrir. Es ella. Como había pensado, viste de manera casual, como cada fin de semana. Sus pantalones de mezclilla resaltan sus curvas, contrario a su blusa, que permanece holgada, con seguridad para tener mayor movimiento. Contraste interesante pero entendible dadas sus actividades. También trae equipaje consigo. No en un bolso de mano, sino en una mochila. Sospecho qué guarda en ella, pero mejor será averiguarlo poco a poco.

El nerviosismo se impone y da paso a la formalidad. La saludo igual que haría con un cliente de la oficina. Instantes después me doy cuenta de lo ridículo que debí verme y del mal inicio que representa. Sin embargo, no soy el único nervioso, lo noto en su sonrisa y en la desconfianza de su mirada que busca cualquier objetivo que no sea yo. Quiero evitar momentos incómodos, así que la invito a pasar y prepararse.

Tal vez parezca rudo, pero me gusta aprovechar el tiempo, y mientras más pronto terminemos, más tiempo tendré para aprovecharlo en otros asuntos, los cuales tuve que posponer por estar con ella. ¿A quién engaño? Yo también quería este encuentro desde hace unas semanas. Pero me agradó que fuera ella quien tomara la iniciativa. Un detalle que muchas personas condenan y que otros apreciamos infinitamente. Es difícil dar el primer paso cuando toda la vida has cojeado.

Alisto mis cosas mientras ella se prepara. Espontáneamente inicia una plática banal, una que presentía pero que puedo aceptar. Ambos requerimos sentirnos en confianza el uno con el otro, o esto no funcionará. El exceso de frialdad arruinaría el trabajo,  pero el exceso de calidez arruinaría todo. Lo he aprendido de la manera mala. Me pregunta por el tiempo que llevo esperando, por el trayecto hasta el hotel, por el tipo de cámara que usaré. Le recuerdo que no está ante un profesional y que sus expectativas tal vez no sean complacidas. Sonríe y su respuesta mantiene mi confianza, incluso mi ego, en altura suficiente para continuar. Parece ser que ambos sabemos lo que hacemos y estamos conscientes de los posibles resultados.

Termino mis preparativos. Volteo en dirección a ella y descubro que tendré que esperar un poco más. Sus pantalones ajustados han desaparecido, a su blusa holgada la ha sustituido un vestido negro que la cubre casi hasta sus rodillas. Su cabello, antes amarrado en una coleta, ahora juguetea sobre sus hombros mientras ella lo maneja con una mano, peinándolo. También se ha despojado de sus tenis, y ahora calza unas zapatillas de tacón que la elevan casi a mi estatura. Termina de peinarse,  me mira y asegura estar casi lista. Una cintilla negra en el cuello completa su atuendo. Discreto, trago saliva. Ya podemos empezar.

Ambos parecemos primerizos. Sus movimientos se notan toscos y poco naturales mientras que los míos torpes. Es una suerte que las fotografías no demuestren eso en su totalidad. La sesión ha iniciado de manera oficial, pero aún me siento lejano, no encuentro una coordinación con ella como con otras modelos. Hago las sugerencias iniciales, esas que ya son como un ritual para mí. Ella escucha atenta pero nerviosa, y es comprensible. El pudor no es sencillo de controlar, y menos ante un virtual desconocido. A mí me sucede igual.

Me muevo lento, mirándola a los ojos y luego a su cuerpo. Unos cuantos ademanes sirven para indicarle la siguiente postura. Poco a poco comienza a entender mis indicaciones y en ocasiones incluso se adelanta a mis propuestas. Su elasticidad y gracia para desplazarse por la habitación me cautiva. En momentos sólo la observo, sin tomar ninguna fotografía, y dejo que continúe con su danza improvisada, esperando el momento que deseo capturar, aprovechando esos instantes de energía que desborda y que deleitan mi visión. No siempre logro tener un buen ángulo, me cautiva demasiado, en especial cuando algún tirante de su vestido juega a caer para ser regresado por su mano a su posición original con un movimiento tan natural como su respiración.

Mientras la sigo con la mirada, hago ajustes a la cámara para que la luz no corrompa su imagen, y en esos instantes ella también pausa sus movimientos. Noto que me mira de reojo y luego deja escapar una sonrisa coqueta que, combinada con su mirada, paraliza mi torso y espalda con un cosquilleo y una sensación fría que llega hasta mi nuca. Trago saliva sin querer y ella mueve su mano de nuevo, pasando por sus hombros, quitando de su piel esa tira negra que tiene por función sostener su vestido…

Algo sucede en la habitación que tengo la sensación de que se está incrementando la temperatura del ambiente. Siente mi sangre seguir un torrente aparatoso por todo mi cuerpo, en especial a lo largo de una zona... Ella me mira de pies a cabeza sin dejar de sonreír, gusta de jugar con mis sensaciones y también disfruta el juego que ha iniciado. No puedo negarme, ya he aceptado sus reglas, y con el mayor disimulo cambio de posición mis piernas para evitar que sea notoria la erección que me ha causado.

La misión resulta imposible: conoce los efectos de sus acciones. Da media vuelta y sus manos pasan por su cabellera, elevándola en una especie de cascada castaña ascendente, para luego dejarla caer sobre sus hombros y espalda. Esas son las tomas que busco, y me apresuro a captar con la cámara cada instante de esa corta secuencia. No me atrevo a ver los resultados, pues tengo la impresión de que perderé más momentos importantes y de gran deleite.

No me equivoco con mi suposición, pues sus manos, al bajar con cabellera, se encargan de liberar al fin sus hombros de la oscura opresión que su vestido ejercía. La tela resbala por su espalda y queda sostenida en el borde que indica el inicio de sus glúteos. Aún de espaldas a mí, extiende sus brazos hacia abajo y comienza a elevarlos en toda su longitud. Me recuerda a una de esas posiciones preliminares que enseñan en los cursos de natación. Su pierna izquierda se desliza hacia atrás y con lentitud gira en esa dirección, bajando sus manos por su rostro, rozan su cuello al quedar de perfil, y sus senos al estar frente a mí de nuevo.

Me mira como nunca creí que lo haría. No sé si es a mí o a la cámara. No importa en ese momento, ambos estamos atrapados en nuestros respectivos deleites: ella seduciendo, yo observando. Lo lascivo de su mirada me deja parcialmente petrificado, pero sigo tomando fotografías, captando sus rasgos, sus movimientos, la manera en que presiona sus pechos con sus manos y cómo comienza a descubrirlos con lentitud, dejando ver la superficie de ellos pero no de sus pezones. Conoce a la perfección su cuerpo, ni siquiera se inmuta en mirar hasta dónde deben moverse sus dedos.

Recién presto atención a otros detalles de su cuerpo: su respiración se ha agitado, y el ritmo se incremente a cada minuto. El movimiento de su cuerpo se ha vuelto suave, sin premeditaciones y con un aura que no tenía al inicio. Noto su excitación en el rubor de sus mejillas, en la presión ejercida a sus senos, en el brillo de su piel, en e cruce de sus piernas... Y también noto mi propia excitación, que ya no me molesto en ocultar y que ella contempla cada cierto lapso. Me propone igualar las condiciones, y si bien no comprendo al principio, un además suyo me hipnotiza. Instantes después me descubro con el pantalón desabotonado y la bragueta abierta, con mi erección queriendo escapar de su último cautiverio.

Ella ríe, pero al final de esa risa puedo notar un gemido sutil, el cual es acompañado por otra rápido y hábil movimiento de su mano izquierda hacia su entrepierna. Una ráfaga de fotos queda registrada en mi cámara. Sus ojos comienzan a cerrarse, pero no por somnolencia, sino por ansiedad. Su mano derecha también baja acariciando su vientre y pasa por debajo de la tela que aún la cubre. Sus pechos han quedado expuestos, y el tono rosado de sus aureolas parecen deslumbrar las siguientes fotos.

Dejo que continúe en su placer, me da tiempo para los nuevos ajustes. No me atrevo a interrumpirla, así que apresuro la preparación mientras miro hacia ella y hacia los controles de la cámara. Siento una gota de sudor deslizarse cerca de mi oreja izquierda, lo cual me hace mirar en dirección a ella. Sus movimientos se han convertido en pequeños espasmos, sus rodillas comienzan a ceder ante el placer que se auto inflige, su piel se ha perlado por el esfuerzo, los movimientos de sus manos, en específico la derecha, se hacen más veloces con cada repetición. Se detiene en una exhalación controlada y abre los ojos poco a poco, como si quisiera averiguar quién más está cerca, y descubre que yo estoy frente a ella.

Me mira con alivio, o eso me parece, y entonces inhala, se toma su tiempo, y exhala mientras relaja el resto de sus músculos. Veo cómo suben y bajan con el ritmo de su respiración sus senos, esas rosadas luces que me hipnotizan... hasta que veo cómo levanta sus manos una vez más. Una de ellas se encarga de delinear el contorno de sus luces, mientras que a otra se eleva aún más, llegando hasta la comisura de sus labios, donde saborea su propia esencia, invitándome...

No puedo más. Dejo a un lado todo, mi trabajo, mis reglas, la cámara, mi ropa. Ella me espera, su mirada me invita a ir por ella, con su mano derecha me llama, me hace desear su sabor, genera en mi mente un deseo que dentro de unos minutos se traducirá en una explosión que con seguridad recibirá jadeante.

 

Según el reloj, hace más de una hora que ella se fue de la habitación. Según ese mismo reloj, hace casi cuatro horas que entró por esa puerta que aún observo. Mis reservas de café casi se han agotado, como yo. Aún respiro con dificultad y mi erección prevalece desde que culminamos nuestro encuentro. La cámara que utilicé reposa en un rincón de la alfombra, sin mayor daño. Eso me inquieta.

Me acerco hacia donde está, aun desnudo, y la reviso con cautela. Observo algunas de las fotos, las primeras y las últimas, y de nuevo siento la excitación de hace unas horas. Saco de su interior el dispositivo de memoria y lo coloco con cuidado en mi cartera, la cual aún se encuentra en mis pantalones, esos que yacen al lado de la cama. Sin más, arrojó la cámara con toda la fuerza que me queda en dirección a la pared. Con eso bastará para arruinarla. Con eso bastará para convencerla de que debemos repetir la sesión de fotos.