31 dic. 2013

Cincuenta

Recuerdo que desde niño me preguntaban cómo imaginaba mi futuro. Nunca pude darles una respuesta certera o satisfactoria, difícilmente me podía imaginar al final del día, así que proyectar mi vida a un plazo tan amplio como la incertidumbre era una tarea casi imposible para mi aún inocente mente. Incluso cuando dejó de ser tan inocente seguía teniendo complicaciones para imaginar qué haría de mis días y a qué me dedicaría.

Recuerdo que algunas personas veían esa carencia de visión como un problema, no sólo de creatividad, sino de ambición e incluso de motivación. Comentaban con cierta malicia que con esa actitud no haría nada de mi vida y estaba condenado al fracaso. No puedo decir que erraron del todo, pues muchos fracasos me han acompañado en el trayecto de mi existir, pero sí puedo decir lo que desde entonces pensaba: que se jodan, ya sabré yo qué hacer cuando llegue el momento.

Recuerdo que en la escuela, cuando nos encomendaban hacer un proyecto de vida, el mío siempre estaba basando en alguna historia o película que recientemente conociera. Me gustaba imaginarme en esas historias, al principio como el protagonista, el héroe que salvaba a todos, una especie de Superman. Claro que después de un tiempo, mis adaptaciones personales me colocaban como un personaje menos idealizado, más humano incluso, una especie de espectador dentro de la misma historia que, si bien no termina siendo el protagonista, forma parte de un conjunto. Dejó de interesarme ser el protagonista y comencé a querer hacer mis propias historias.

Recuerdo cuando aún en mi infancia decidí ser bombero, policía, médico, escritor, profesor, millonario, viajero del tiempo... eran tantas las cosas que quería ser y hacer que parecía imposible poder consolidar un plan de vida, un objetivo certero acerca de lo que quería ser de grande y a qué dedicarle el resto de mis días. Eran objetivos tan vagos como precisos, pues si bien cambiaba de opinión casi cada semana, también estaba seguro de que cada “profesión” que elegía tenía detrás una finalidad mayor y en común.

Recuerdo cuando pude trabajar para mi comunidad. Fue en esos tiempos cuando aprendía que la expresión “mi comunidad” puede tener una gama demasiado amplia de significados, incluso para una sola persona. Fue una lección dura, pero que no haberla aprendido, seguro habría sido mi perdición en un mundo donde cada quien procura el bienestar de quienes considera “los suyos”, ya sean familia, amistades, conocidos, cómplices, colaboradores o demás.

Recuerdo cómo mis amistades se fueron alejando de los núcleos que habíamos consolidado al conocernos, cuando “cada quien tomó su camino”, como dicen por ahí. No les guardo reproche o rencor alguno por irse alejando, pues sé que tenían y tienen una vida propia, y que al final, nuestros pequeños grupos debían desmoronarse para que cada quien pudiera terminar de armarse como individuos.

Recuerdo cómo vi a mi familia desmoronarse, a veces por disputas, otras por pérdidas. No fue un espectáculo agradable, en especial conmigo, ya que siempre le di gran importancia a mis consanguíneos, pero un tiempo después comprendí que las cosas no podían ser de otra manera, y que era inevitable mantener siempre esa unión de la que presumíamos. Éramos tan similares que no podíamos estar juntos tanto tiempo.

Recuerdo cuando renuncié a mi trabajo a pesar de mis logros, la nostalgia que sentí de dejar atrás una etapa con tantos conocidos, unos agradables y otros no tanto, así como el alivio de abandonar mi rutina de tantos años. Me sentía invencible en aquella época, sentía que podía hacer un proyecto de vida con éxito a corto plazo, e incluso me imaginaba restregando en la cara de aquellos que me criticaron cuando niño creyendo que no tenía futuro. ¡Claro que tenía futuro! No tenía claro cuál era, pero lo tenía.

Recuerdo los reencuentros, aquellas amistades que por distintos motivos dejé de ver por años, y que por azares del destino pudimos volver a vernos. Eran sensaciones fascinantes, de esas que mezclan el divertido pasado con el expectante futuro, la incertidumbre de la vigencia de amistades y gustos en común, las posibilidades eran tantas... No en todos los casos fueron reencuentros exitosos, pero siempre me parecieron agradables. Era como voltear hacia atrás y darte cuenta que las huellas de aquellas amistades alcanzaban a las tuyas o viceversa, y por unos momentos caminaban juntos de nuevo.

Recuerdo a las personas que me han llamado sabio, conocedor, inteligente y otros cuantos adjetivos que no sé si merezca. Lo recuerdo no sólo porque alimentaran mi ego con sus palabras, sino porque al escucharlos siempre sonreía, me hacía gracia que me consideraran así cuando hay personas con mayores cualidades y con menor reconocimiento, incluso en sus propios hogares. Me reía por verdadera gracia, porque me parecía cómica la percepción que tenían y cómo se cegaban ante otras cosas. Aún hoy me río cuando me dicen cosas así, sobre todo si se basan en mi edad para decirlo.

Recuerdo todo eso a mis cincuenta años, y como en cada aniversario de mi nacimiento me pregunto si quisiera cambiar algo de lo que me ha sucedido. De igual manera, como cada año, salen diversos acontecimientos que quisiera cambiar, unos por acción y otros por omisión. Pero luego analizo con más cuidado y me doy cuenta de que cada tropiezo, cada momento “malo” de mi vida, implicó algo bueno. No siempre sucedió de manera directa, pero los acontecimientos se desarrollaron en una suerte de ramificación que me daba momentos y ocasiones memorables, de esos por los que decía “Hoy es uno de esos días en que podría morir tranquilo”...

Creo que mi vida ha sido satisfactoria. Claro, es mi vida, ¿qué puedo decir de ella si he sido yo quien ha tomado la mayorías de las decisiones al vivirla? Sería bastante decepcionante decir que no estoy satisfecho con lo logrado, además de deprimente. Para fortuna mía, siempre tuve suerte, o al menos así llamo yo al contexto idóneo para realizar ciertos logros. Mucha gente dice que la suerte no existe, pero creo que se equivocan, que sí hay ciertos elementos que pueden favorecer o entorpecer el éxito de alguien, y no siempre está en nuestras manos su incidencia. Por supuesto que hay también quienes exageran del concepto y prefieren deslindarse de las repercusiones de su actuar. Siento pena por esas personas, siguen siendo niños en ese sentido.

Son muchas cosas las que pasan por mi mente en días como este. No sé si sea el único nacido en 31 de diciembre que piense así, no me he encontrado con ninguno a pesar de mi edad, pero creo que yo termino dos ciclos: el propio, un año más de vida, y el común, el fin de año que todos celebramos. Pienso con detenimiento en ello, pues muchas personas esperamos esos finales de ciclos para hacer algún cambio en nuestras rutinas o vidas. Es válido, creo yo. Somos seres de costumbres, desde niños estamos acostumbrados a recibir órdenes, preferimos delegar responsabilidades. Para algunos suena patético, pero para otros es necesario.

Llevo medio siglo en este mundo y aún tengo nostalgia en mi cumpleaños como cuando cumplí seis. Tal vez el mirar por la ventana y notar cómo todo ha cambiado en estos años, la velocidad que llevamos en nuestras decisiones y acciones, las consecuencias de cada acto, tal vez sea eso lo que me sigue impidiendo visualizarme con certeza al final de la semana. Son tantos los cambios, tantas las implicaciones y tantas las posibilidades existentes, que no me atrevo a decir siquiera que seré capaz de ver un nuevo amanecer.

Cincuenta años tengo ya... no puedo creer que a mi edad siga pensando en las mismas tonterías que pensaba cuando a penas tenía un cuarto de siglo viviendo en este mundo...

28 oct. 2013

Sesión

Diez minutos. No es mucho en realidad, pero ese atraso implica que beba otra taza de café. Por fortuna traje suficientes reservas. El nerviosismo me invade como si fuera primerizo en esto. Y lo soy, al menos con ella.

Tocan a la puerta. De inmediato dejo la botella de café helado preparado en la mesa y me apresuro a abrir. Es ella. Como había pensado, viste de manera casual, como cada fin de semana. Sus pantalones de mezclilla resaltan sus curvas, contrario a su blusa, que permanece holgada, con seguridad para tener mayor movimiento. Contraste interesante pero entendible dadas sus actividades. También trae equipaje consigo. No en un bolso de mano, sino en una mochila. Sospecho qué guarda en ella, pero mejor será averiguarlo poco a poco.

El nerviosismo se impone y da paso a la formalidad. La saludo igual que haría con un cliente de la oficina. Instantes después me doy cuenta de lo ridículo que debí verme y del mal inicio que representa. Sin embargo, no soy el único nervioso, lo noto en su sonrisa y en la desconfianza de su mirada que busca cualquier objetivo que no sea yo. Quiero evitar momentos incómodos, así que la invito a pasar y prepararse.

Tal vez parezca rudo, pero me gusta aprovechar el tiempo, y mientras más pronto terminemos, más tiempo tendré para aprovecharlo en otros asuntos, los cuales tuve que posponer por estar con ella. ¿A quién engaño? Yo también quería este encuentro desde hace unas semanas. Pero me agradó que fuera ella quien tomara la iniciativa. Un detalle que muchas personas condenan y que otros apreciamos infinitamente. Es difícil dar el primer paso cuando toda la vida has cojeado.

Alisto mis cosas mientras ella se prepara. Espontáneamente inicia una plática banal, una que presentía pero que puedo aceptar. Ambos requerimos sentirnos en confianza el uno con el otro, o esto no funcionará. El exceso de frialdad arruinaría el trabajo,  pero el exceso de calidez arruinaría todo. Lo he aprendido de la manera mala. Me pregunta por el tiempo que llevo esperando, por el trayecto hasta el hotel, por el tipo de cámara que usaré. Le recuerdo que no está ante un profesional y que sus expectativas tal vez no sean complacidas. Sonríe y su respuesta mantiene mi confianza, incluso mi ego, en altura suficiente para continuar. Parece ser que ambos sabemos lo que hacemos y estamos conscientes de los posibles resultados.

Termino mis preparativos. Volteo en dirección a ella y descubro que tendré que esperar un poco más. Sus pantalones ajustados han desaparecido, a su blusa holgada la ha sustituido un vestido negro que la cubre casi hasta sus rodillas. Su cabello, antes amarrado en una coleta, ahora juguetea sobre sus hombros mientras ella lo maneja con una mano, peinándolo. También se ha despojado de sus tenis, y ahora calza unas zapatillas de tacón que la elevan casi a mi estatura. Termina de peinarse,  me mira y asegura estar casi lista. Una cintilla negra en el cuello completa su atuendo. Discreto, trago saliva. Ya podemos empezar.

Ambos parecemos primerizos. Sus movimientos se notan toscos y poco naturales mientras que los míos torpes. Es una suerte que las fotografías no demuestren eso en su totalidad. La sesión ha iniciado de manera oficial, pero aún me siento lejano, no encuentro una coordinación con ella como con otras modelos. Hago las sugerencias iniciales, esas que ya son como un ritual para mí. Ella escucha atenta pero nerviosa, y es comprensible. El pudor no es sencillo de controlar, y menos ante un virtual desconocido. A mí me sucede igual.

Me muevo lento, mirándola a los ojos y luego a su cuerpo. Unos cuantos ademanes sirven para indicarle la siguiente postura. Poco a poco comienza a entender mis indicaciones y en ocasiones incluso se adelanta a mis propuestas. Su elasticidad y gracia para desplazarse por la habitación me cautiva. En momentos sólo la observo, sin tomar ninguna fotografía, y dejo que continúe con su danza improvisada, esperando el momento que deseo capturar, aprovechando esos instantes de energía que desborda y que deleitan mi visión. No siempre logro tener un buen ángulo, me cautiva demasiado, en especial cuando algún tirante de su vestido juega a caer para ser regresado por su mano a su posición original con un movimiento tan natural como su respiración.

Mientras la sigo con la mirada, hago ajustes a la cámara para que la luz no corrompa su imagen, y en esos instantes ella también pausa sus movimientos. Noto que me mira de reojo y luego deja escapar una sonrisa coqueta que, combinada con su mirada, paraliza mi torso y espalda con un cosquilleo y una sensación fría que llega hasta mi nuca. Trago saliva sin querer y ella mueve su mano de nuevo, pasando por sus hombros, quitando de su piel esa tira negra que tiene por función sostener su vestido…

Algo sucede en la habitación que tengo la sensación de que se está incrementando la temperatura del ambiente. Siente mi sangre seguir un torrente aparatoso por todo mi cuerpo, en especial a lo largo de una zona... Ella me mira de pies a cabeza sin dejar de sonreír, gusta de jugar con mis sensaciones y también disfruta el juego que ha iniciado. No puedo negarme, ya he aceptado sus reglas, y con el mayor disimulo cambio de posición mis piernas para evitar que sea notoria la erección que me ha causado.

La misión resulta imposible: conoce los efectos de sus acciones. Da media vuelta y sus manos pasan por su cabellera, elevándola en una especie de cascada castaña ascendente, para luego dejarla caer sobre sus hombros y espalda. Esas son las tomas que busco, y me apresuro a captar con la cámara cada instante de esa corta secuencia. No me atrevo a ver los resultados, pues tengo la impresión de que perderé más momentos importantes y de gran deleite.

No me equivoco con mi suposición, pues sus manos, al bajar con cabellera, se encargan de liberar al fin sus hombros de la oscura opresión que su vestido ejercía. La tela resbala por su espalda y queda sostenida en el borde que indica el inicio de sus glúteos. Aún de espaldas a mí, extiende sus brazos hacia abajo y comienza a elevarlos en toda su longitud. Me recuerda a una de esas posiciones preliminares que enseñan en los cursos de natación. Su pierna izquierda se desliza hacia atrás y con lentitud gira en esa dirección, bajando sus manos por su rostro, rozan su cuello al quedar de perfil, y sus senos al estar frente a mí de nuevo.

Me mira como nunca creí que lo haría. No sé si es a mí o a la cámara. No importa en ese momento, ambos estamos atrapados en nuestros respectivos deleites: ella seduciendo, yo observando. Lo lascivo de su mirada me deja parcialmente petrificado, pero sigo tomando fotografías, captando sus rasgos, sus movimientos, la manera en que presiona sus pechos con sus manos y cómo comienza a descubrirlos con lentitud, dejando ver la superficie de ellos pero no de sus pezones. Conoce a la perfección su cuerpo, ni siquiera se inmuta en mirar hasta dónde deben moverse sus dedos.

Recién presto atención a otros detalles de su cuerpo: su respiración se ha agitado, y el ritmo se incremente a cada minuto. El movimiento de su cuerpo se ha vuelto suave, sin premeditaciones y con un aura que no tenía al inicio. Noto su excitación en el rubor de sus mejillas, en la presión ejercida a sus senos, en el brillo de su piel, en e cruce de sus piernas... Y también noto mi propia excitación, que ya no me molesto en ocultar y que ella contempla cada cierto lapso. Me propone igualar las condiciones, y si bien no comprendo al principio, un además suyo me hipnotiza. Instantes después me descubro con el pantalón desabotonado y la bragueta abierta, con mi erección queriendo escapar de su último cautiverio.

Ella ríe, pero al final de esa risa puedo notar un gemido sutil, el cual es acompañado por otra rápido y hábil movimiento de su mano izquierda hacia su entrepierna. Una ráfaga de fotos queda registrada en mi cámara. Sus ojos comienzan a cerrarse, pero no por somnolencia, sino por ansiedad. Su mano derecha también baja acariciando su vientre y pasa por debajo de la tela que aún la cubre. Sus pechos han quedado expuestos, y el tono rosado de sus aureolas parecen deslumbrar las siguientes fotos.

Dejo que continúe en su placer, me da tiempo para los nuevos ajustes. No me atrevo a interrumpirla, así que apresuro la preparación mientras miro hacia ella y hacia los controles de la cámara. Siento una gota de sudor deslizarse cerca de mi oreja izquierda, lo cual me hace mirar en dirección a ella. Sus movimientos se han convertido en pequeños espasmos, sus rodillas comienzan a ceder ante el placer que se auto inflige, su piel se ha perlado por el esfuerzo, los movimientos de sus manos, en específico la derecha, se hacen más veloces con cada repetición. Se detiene en una exhalación controlada y abre los ojos poco a poco, como si quisiera averiguar quién más está cerca, y descubre que yo estoy frente a ella.

Me mira con alivio, o eso me parece, y entonces inhala, se toma su tiempo, y exhala mientras relaja el resto de sus músculos. Veo cómo suben y bajan con el ritmo de su respiración sus senos, esas rosadas luces que me hipnotizan... hasta que veo cómo levanta sus manos una vez más. Una de ellas se encarga de delinear el contorno de sus luces, mientras que a otra se eleva aún más, llegando hasta la comisura de sus labios, donde saborea su propia esencia, invitándome...

No puedo más. Dejo a un lado todo, mi trabajo, mis reglas, la cámara, mi ropa. Ella me espera, su mirada me invita a ir por ella, con su mano derecha me llama, me hace desear su sabor, genera en mi mente un deseo que dentro de unos minutos se traducirá en una explosión que con seguridad recibirá jadeante.

 

Según el reloj, hace más de una hora que ella se fue de la habitación. Según ese mismo reloj, hace casi cuatro horas que entró por esa puerta que aún observo. Mis reservas de café casi se han agotado, como yo. Aún respiro con dificultad y mi erección prevalece desde que culminamos nuestro encuentro. La cámara que utilicé reposa en un rincón de la alfombra, sin mayor daño. Eso me inquieta.

Me acerco hacia donde está, aun desnudo, y la reviso con cautela. Observo algunas de las fotos, las primeras y las últimas, y de nuevo siento la excitación de hace unas horas. Saco de su interior el dispositivo de memoria y lo coloco con cuidado en mi cartera, la cual aún se encuentra en mis pantalones, esos que yacen al lado de la cama. Sin más, arrojó la cámara con toda la fuerza que me queda en dirección a la pared. Con eso bastará para arruinarla. Con eso bastará para convencerla de que debemos repetir la sesión de fotos.

22 sep. 2013

Laberinto

Se conocieron en un laberinto. Ninguno de ellos quiso entrar. Las circunstancias para ambos fueron distintas, aunque el final fue el mismo.

Siendo sinceros, ella no entró por si misma, sino que la condujeron, al igual que a muchas como ella, en ese sendero que terminaría por confundirla. Creía estar saliendo de un camino, no se dio cuenta de que estaba entrando a varios. Cuando lo pensaba con detenimiento, culpaba a la desesperación y a los pesares de los años anteriores, así como quienes los ocasionaron. Claro, era una mentira que decidió decirse e intentar creer para evitar enfrentar los errores de su vida, que era sólo uno repetido en varias ocasiones.

En el caso de él, no es que quisiera o no entrar, sólo no se enteró del momento en que dio el primer paso en esos senderos de perdición. Su mente estaba revolviendo el pasado, intentando construir un futuro con aquella mezcla de recuerdos. Sabía que podría pasarse el resto de sus días con aquella práctica, pero nunca lograría su cometido. Sin embargo, así era como mantenía ocupados sus pensamientos, los cuales habían comenzado a barajear posibilidades no muy agradables. Nada agradables, en realidad.

Cuando pusieron por primera vez un pie en aquella maraña de caminos, creían que escapaban de sus problemas. Tarde descubrieron que estaban adquiriendo nuevos y en mayores cantidades, aunque no todos tan complicados como los anteriores.

Al caminar, ella daba vuelta en la primer oportunidad, creyendo que así tendría un camino seguro. Debió considerar que, luego de un par de vueltas, regresaba casi al mismo sitio en que había iniciado. Él tenía un método distinto, que no tenía nada de metódico, pues improvisaba, se dejaba guiar por esa brújula interna que nunca tuvo ni siquiera en sus fantasías infantiles de explorador. En ambos casos, aquello que los hacía caminar, perderse y adentrarse más en el laberinto, por curiosa ironía, era también lo que mantenía en movimiento sus vidas: la ilusión de algún día salir de ahí y caminar con libertad.

El día en que se encontraron no fue distinto a otros, y de haber alguien observando su caminar, habría asegurado que era cuestión de tiempo para que sus caminos chocaran. Ella seguía, sin saberlo, caminado por el mismo sendero, imaginando que era uno distinto cada vez, asegurándose que las paredes eran de un color distinto. Él, con su improvisación, repetía caminos también, pero terminaba por desviarse en los últimos tramos. Estaba recorriendo errático todos los pasajes posibles, considerando a todos como un solo. Y fue entonces que dieron vuelta, ella a la derecha y él a la izquierda, y con grata sorpresa descubrieron que no estaban solos.

Se miraron con curiosidad al principio, sin articular palabra. Los románticos dirán que fue amor a primera vista, pero estarían equivocados. Comenzaron a conocerse a prisa, ya que deseaban continuar con sus andares, pero también creían necesario saber un poco más del laberinto, tener otra perspectiva. Cada uno consideró al otro erróneo en su andar, así que continuaron cada quien por su cuenta.

Pero así como fue cuestión de tiempo el encontrarse la primer vez, era cuestión de tiempo que sus caminos se cruzaran una segunda ocasión, en especial porque ninguno modificó sus costumbres. Así pues, pasaron algunos días, que se convirtieron en semanas, y contrario a lo que supondría la mayoría, esas semanas se transformaron con rapidez en años. Fue entonces que sus miradas y sus caminos se encontraron, esta vez con el recuerdo respaldando sus andanzas. Por motivos que ni ellos podían explicar, tuvieron la sensación de debían estar juntos desde antes, pero que primero debían estar seguros de poder tomar su propio camino, perderse en aquel laberinto sin depender ni arrastrar consigo a nadie. Sólo estando solos comprendieron que querían, necesitaban, estar juntos.

Decidieron entonces caminar diferente a como lo hacían estando solos. Lo que uno había recorrido, el otro tal vez lo conociera algún día, pero no de la misma manera. Porque ahora estaban juntos, y ya no caminaban para salir de ese laberinto, sino para adentrarse más en sus pasajes y posibilidades.

Se conocieron en un laberinto. Desde entonces están perdidamente enamorados.

23 ago. 2013

Librería

Hay algo en los libros que me llama la atención. No me considero un erudito en ellos, ni siquiera un lector muy ávido. Más bien soy una especie de coleccionista: mis pequeños libreros improvisados a partir de otros muebles están casi repletos. No todos esos libros han pasado por mis manos y mis ojos para disfrutarlos como se debe, pero ahí están, esperando con paciencia a que reorganice mis prioridades y me dedique a ellos. Por supuesto, ello no me impide seguir incrementando mi colección cada cierto tiempo, y cuando tengo oportunidad y dinero, especialmente esto último, realizo una especie de cacería para adquirir nuevos elementos.
Pero esta cacería no fue intencional. Yo sólo iba por un café, de verdad. Entré a esa plaza porque tuve antojo de una bebida con cafeína, y me negué a comprar algo sintético del autoservicio. Demasiado sintético, pues. Estoy consciente de que en la actualidad la mayoría de las cosas en este mundo son artificiales, incluidas las personas. Ta vez por ello quedé tan cautivado durante mi “cacería”.
Me dirigí al pasillo de costumbre, sólo tenía en mente entrar a la cafetería evitando el resto de los ruidosos locales que ahí hay. Sin embargo, algo llamó mi atención a escasos quince metros de llegar. Un anuncio grande y alusivo a un caballero demente ficticio apareció donde yo recordaba sólo había cristales y señales de abandono. El local, vacío hasta un par de semanas antes, ahora estaba lleno de estanterías y mesas, cada una repleta de libros acomodados con sumo cuidado. Olvidé mi antojo de un café y lo sustituí al momento por un pequeño paseo entre esos prospectos para mi colección.
Entré sin prestar mayor atención a los demás clientes que ahí estaban. Sólo noté de reojo a alguien en la caja y otro par de personas recorriendo con la mirada el escaparate con las novedades literarias del mes. Mi vista estaba dedicada a la mesa frente a mí, donde se desplegaban ediciones que no había visto en mucho tiempo. Recorrí los pasillos sin prisa, disfrutando mi descubrimiento del día, preparándome para las que serían mis próximas adquisiciones.
Así seguí hasta que llegué a la caja. Aún con la vista en los estantes de la pared, escuché una voz femenina, suave y jovial, preguntando si buscaba algo en específico. Ahora que lo recuerdo, me imagino volteando y diciendo algo como “No buscaba  nada, pero te encontré a ti”, o alguna otra frase elaborada, de esas que generan momentos cliché. Es una pena que mis pensamientos se quedaran congelados al instante en que la vi.
Su cabello castaño, largo y lacio, caía sobre su hombro izquierdo, con un peinado que cubría parcialmente su frente y parte de su rostro. Un efecto que siempre me ha parecido interesante y que resaltaba en sus mejillas. Sus labios, también pequeños y de cautivante finura, se movían al compás de su voz, hipnotizando mi ser. Cuando vi sus ojos pequeños pero de brillo inmenso, tuve la sensación de que sujetaban mi mirada con ellos. Quise zafarme de esa prisión, al menos mientras recuperaba el habla, pero fue imposible. Ignoro cómo ella me veía en ese momento, pero una sonrisa quedó esbozada en esa imagen tan hermosa que tenía frente a mí.
Cuando finalmente pude articular algunas palabras, la sonrisa de ella se volvió tímida, pero a la vez juguetona. Yo seguía cautivado, sólo pude preguntar tonterías y banalidades. Mientras hablaba, comencé a preguntarme por su nombre, su edad, donde vivía, cuánto tiempo llevaba en ese lugar… El aire parecía ser más difícil de respirar, quería salir de ahí cuanto antes. Sólo atiné a preguntarle respecto al horario de la librería, y ella, en el mismo tono jovial y suave con que me llamara en un primer momento, respondió.

Me gustaría decir que aún recuerdo cuándo sucedió. Pero estaría mintiendo si menciono alguna fecha cercana. Luego de aquel encuentro, dediqué un par de horas de cada tarde a visitar esa librería. Al salir del trabajo me dirigía de inmediato hacia allá, y pasaba horas entres sus pasillos. Ya no buscaba libros, sino a ella, a su mirada. Dejé las adiciones a mi colección y me dediqué a mi nueva adicción.
No me atrevo a decir cuántas veces ha sucedido. Me avergüenzo de mi exceso de timidez cada que miro mi habitación y veo esas columnas de libros, acomodados conforme los obtuve. Cada libro es el recordatorio de las visitas que he hecho, de cada vez que la he buscado desde los estantes y las mesas, esperando que se crucen nuestras miradas antes de que llegue con mi compra del día. Cada vez me recibe igual, con esa sonrisa hipnotizante y su mirada angelical que absorbe mi atención.
En ocasiones he considerado que lo hace a propósito, como una sucia pero bella estrategia de ventas. Pero deshecho al instante esa idea, pues cada que estoy frente a ella en la caja, con su rostro llenando mi campo visual, sin dejar de mirarme ni de sonreírme, me entrega el libro que elegí ese día pero se olvida de cobrarme el importe.

9 ago. 2013

Voz Infernal

Cada día es igual. No hay una hora exacta, pero siempre hace acto de presencia. La primera vez que la escuché creí que era un acontecimiento único y aislado, que no se repetiría. Tal vez se tratara de un alma en pena que vagaba por las calles, haciendo un recorrido de penitencia hacia donde podría descansar finalmente. Pero no era así.
También llegué a pensar que aquella voz era ya parte de aquella colonia donde comenzaba a transitar para laborar. Fue en mi primer día de trabajo que la escuché, y a las pocas semanas no pude soportarlo, tuve que salir de ahí inmediatamente. Nuevamente me equivoqué. Salir de aquel edificio no sirvió de mucho, pues en mi siguiente empleo también pude escuchar ese ruido infernal que ponía mis nervios en sufrimiento. Fue entonces que consideré la posibilidad de que el estrés comenzaba a destrozar mis sentidos, y que sólo estaba agrandando el problema. Pero aún en mis momentos más tranquilos podía escuchar esa voz, y sus efectos recorrían mis oídos, mi mente y a veces todo mi cuerpo. Parecía arrancar lentamente cada fragmento de mi cerebro, destazando mi cordura y corrompiendo mi estabilidad.
El ruido que emite taladra mis tímpanos, silenciando mi entorno y dejando en mi mente su voz aguda, carente de aliento y llena de desesperación. La penuria que acarrea cada una de sus palabras sólo se compara con el dolor que ocasionan. Y no conforme con ello, inicia su himno otra vez, esperando a un alguien que parece que nunca llegará, que no detendrá su agonía ni la locura que desata en algunos de quienes le escuchamos.
Y es que sé que es una voz que todos escuchamos, pero no siempre le hacemos caso. Algunos incluso la han aceptado en la cotidianidad de su vida, otros más han podido tomar con humor su aparición. Sin embargo, yo no no he podido, no puedo y dudo alguna vez poder. Es demasiado para mí, soy débil y he sucumbido a su poder y efectos devastadores, ha arrasado con la tranquilidad que tanto me ha costado mantener.
Cada día es igual. Es errática en la hora de su aparición, lo cual incrementa la agonía y ansiedad. A diario estoy a la expectativa de que esa voz salida de las profundidades del averno me visite y me haga perder el juicio lenta y sádicamente.
Ahí viene, ya puedo notar su voz. La lejanía mantiene sus efectos controlados, pero conforme se acerca a mi lugar comienza la desesperación. Aprieto mis puños en creciente ritmo, mi ojo derecho parpadea sin obedecerme, la sangre en mi cráneo se agolpa y me hace sentir cada palpitación de mi corazón en la frente y la nuca, mis pies tamborilean sin control, mi garganta intenta liberar un grito ahogado de angustia que refleje mi calvario… Y entonces escucho de nuevo y a todo volumen esa voz salida del infierno, repitiendo su cántico, torturando mis oídos hasta la demencia, y no puedo hacer nada para detenerla…

"Se compran... colchones... tambores... refrigeradores... estufas... lavadoras... microondas... o algo de fierro viejo que vendaaan..."

7 ago. 2013

Ficción

Y aquí estoy, con otro tequila en la mano, preparando mi paladar para el whiskey y escondiéndome en un silencio inexistente dentro de este antro. Las luces y la música han intentado atraerme toda la noche, pero las he ignorado. Miro a un lado y veo niños jugando a ser adultos. Miro al otro lado y veo adultos jugando a ser niños. Y no sé a cuál de esas categorías pertenezco, ni siquiera a cuál me parezco.

El alcohol ya no me sabe a diversión. En algún momento era el combustible de las fiestas a las que asistía, el motivo de locuras y tonterías que posteriormente recordaría en compañía de mis amigos mientras comíamos o bebíamos café. Pero tampoco he llegado al punto en que me sabe a tristeza ni a recuerdos. Sólo me sabe a alcohol, nada más.

La música "de moda" me parece simplona, sin mayor significado aunque sí con mucha energía. No encuentro mensajes en ellas, sólo coros que se repiten mientras invitan a vivir y disfrutar. ¿Vivir qué? ¿Disfrutar qué? Lo ignoro, ahí termina la estrofa y sigue un lapsus de rimas rápidas llenas de ego. No obstante, aquí sigo, escuchando todo el repertorio que el DJ tiene para esta noche, a pesar de que tres o cuatro canciones sean suficientes para tener la sensación de que se conocen todas o bien, que cada una dura varias horas.

Veo a mis amigos disfrutar todo esto que para mí es insípido. No los juzgo por ello, pero tampoco logro entenderlos. En algún momento pude haber culpado a la diferencia de edades, siendo unos mayores que yo y otros menores, casi siempre por más de 2 años, que siguen siendo una diferencia relativamente baja. Pudo ser mi excusa en algún momento, pero ya no. Veo más joviales a aquellos que son mayores, preguntándome si están en una especie de "crisis de la edad", pero la teoría se va por los suelos si considero cuántos actúan así. A menos que sea una clase de epidemia a la cual soy inmune. Pero lo dudo.

Con cada trago comienzo a analizar mi vida, cual depresivo sin remedio. Y es que en momentos pareciera que he hecho demasiadas cosas en poco tiempo, mientras que unos minutos después tengo la impresión de que mi acciones y logros parecen nada comparados con... ¿con quién? No tengo contra quien o qué comparar mis acciones. Conocidos y familiares han tomado caminos distintos al mío, se han enfrentado a circunstancias diferentes, complicaciones varias. Sería injusto, aunque no sé para quién, decir que uno es más que el otro o viceversa. Somos lo que somos, pero en distintos caminos, con distintas experiencias y distintos futuros. O eso quiero pensar.

Recuerdo un par de veces en que me "diagnosticaron" depresión. Cada una de esas veces no pude evitar una risa sutil, no sólo por mis análisis amateurs. De verdad me hacía gracia ese fatalismo hacia mi persona, aún cuando yo mismo lo propiciaba, nunca con mala intención. Tal vez terminé de creerme mi ficción y comencé a representar ese personaje. Tal vez mi ficción superó a mi realidad. Tal vez me estoy adaptando a todas esas máscaras que usé como diversión, y mi rostro ha dejado de ser el que era. En sentido figurado, claro.

Alguna vez escuché o leí a alguien decir que, cuando sientes que el mundo está en tu contra, debes analizar si no eres tú quien va contra el mundo. En ese punto estoy ahora. No sé si me estoy aferrando al pasado o el futuro me está sobrepasando. Tal vez sea nostalgia lo que siento. Creo poder presumir que mi pasado no fue malo, sino todo lo contrario. Pero tal vez es hora de dejarlo ir, comenzar a ver los mismos horizontes pero con una visión distinta, usar esas frases que plagan los libros de autoayuda y superación, o algo así.

En broma me digo "Es la edad, ya estás viejo". Sé que no es del todo cierto, que aún no tengo tantos años. ¡Ni siquiera tengo la mitad de la edad de mi padre! Las posibilidades son muchas, pero es un arma de doble filo pensar en la edad, pues no se pueden evitarlas comparaciones, esas que ya sé serían injustas.

Es curiosa la manera en que funcionan la vida y las letras. A veces empezamos algo creyendo que será fantasía, una ficción más para distraernos, y al finalizar nos damos cuenta de que es parte de nuestra realidad, y que da o dará forma a lo que somos y seremos. Como este escrito.

11 jul. 2013

El Pozo

El siguiente relato es una versión personalizada de un cuento que leí cuando niño. Ignoro quién es el autor, y aunque he encontrado algunas versiones en internet, quise hacerle un homenaje reescribiéndola.
Agradecimiento especial merece la señorita Cinthia Valenzuela, ya que ella fue quien propició los recuerdos de este su servidor y las ganas de relatar "a mi manera" esta historia que tanto me fascinó hace unos años. Espero disfruten el relato.


Hace tiempo, en un pueblo lejano, vivía una familia. En realidad, vivían varias, pero esta historia se enfoca en una que, curiosamente, tenía como integrantes a una mujer y un hombre, madre y padre respectivamente, y a tres infantes de 12, 10 y 8 años, siendo la más pequeña una niña. Eran el estereotipo de la "familia feliz"… hasta que el dinero comenzó a escasear.
Poco tiempo pasó para que la escasez se acercara a la total carencia, por lo que decidieron vender su casa y conseguir un lugar más modesto para habitar. La búsqueda de ese lugar fue corta, pues una pequeña casa al pie de una colina se hallaba desocupada desde hacía varios años. Como con toda casa abandonada, varios eran los rumores entre los vecinos respecto a las historias que yacían junto con los cimientos, pero la necesidad de la familia era mucha, así que decidieron fingir oídos sordos ante las historias de la casa y la adquirieron con parte de la ganancia que tenían por vender su anterior hogar.
Incluso los niños de aquella familia escucharon las historias acerca de anteriores habitantes, pero les parecieron muy fantasiosas, especialmente después de vivir en ella un par de semanas. Nada de ruidos raros, de movimientos por la noche, de paredes sangrantes, de sombras sospechosas, fantasmas o demás elementos básicos en las historias contadas por sus vecinos. Era una casa común, nada más.
Lo único que la diferenciaba del resto en aquel pueblo era que contaba con un pozo en lo que, para algunos, era el patio trasero, y para otros, una sección bastante amplia de llanura que tenía como límite una pequeña cordillera formada por rocas apiladas, las cuales aseguraban que nadie pasaría sobre ella desde ninguno de los dos lados. Cuando la familia supo de este pozo, pensaron que podrían aprovecharlo, pero de inmediato los vecinos les hicieron notar que ya estaba seco desde varios años atrás, y por ello se mantenía cubierto con algunas tablas. La familia decidió dejarlas ahí y avocarse al interior de su nueva y modesta propiedad.
Sin embargo, el dinero que habían podido obtener de la venta de su anterior hogar se agotaba más pronto de lo que habían esperado, así que la madre tuvo que comenzar a trabajar también por su cuenta. No paso mucho tiempo para que comenzaran a recortar algunos de los gastos, hasta el punto en que optaron porque los niños no fueran a la escuela por un tiempo, para así ahorrar algunas de las monedas que normalmente utilizaban. Debido a esta situación, los niños tenían más tiempo libre, así que pasaban el día jugando en su pequeña llanura particular, emulando algunas de las historias sobrenaturales que sus vecinos les contaban.
En una de esas tardes templadas de juego, la niña comenzó a deambular por el patio mientras sus hermanos jugaban a ser caballeros medievales en un duelo de espadas. Caminó mirando el pasto, como si buscara insectos para considerarlos sus nuevos compañeros de juego del día, y así fue que llegó hasta donde estaba el pozo. Su mirada pasó de las pequeñas hierbas que rodeaban los ladrillos hasta el borde grisáceo de aquel artilugio abandonado. Su búsqueda por pequeños animalillos continuó hasta que notó un sonido que emanaba del pozo, una especie de rasguños en la pared, a penas audibles. Miro las tablas que lo cubrían y notó que no estaban en su posición original, sino que se habían movido ligeramente, seguro por sus hermanos mientras jugaban, dejando libre un pequeño espacio de la boca del pozo. Temiendo que algún animalito se hubiese quedado ahí atrapado, corrió en busca de la ayuda de sus hermanos.
Cuando regresaron los tres, el ruido había cesado, pero las tablas seguían en la posición que la pequeña había visto. Preocupados por la posible desdicha de algún animalito de haber caído en el pozo tan sólo por buscar comida, se apresuraron a bajar la cubeta que aún colgaba de pozo. Esperaron unos instantes, hasta que sintieron que el animalito se había acercado al contenedor, y comenzaron a subirlo. La cuerda era gruesa y deteriorada, pero el dolor que los niños sentían en sus pequeñas manos era poco, especialmente comparado con el temor que cualquier ser vivo tendría de haber caído en ese profundo pozo. Cuando finalmente tuvieron la cubeta con ellos, notaron que estaba vacía, salvo por una pequeña nota en su interior, tal vez un mensaje olvidado cuando aún funcionaba el pozo. Lo leyeron en voz alta. Sólo dos palabras y un signo de interrogación, aunque con excelente caligrafía, adornaban el papel: tienen comida ?.
Por unos instantes, los tres quedaron atónitos, sin moverse ni decir palabra alguna. Cuando finalmente la sorpresa fue aceptada, el mayor de ellos se aventuró a asomarse al pozo y preguntar si había alguien abajo. No hubo respuesta alguna. No sabían qué hacer. Sus padres siempre les dijeron que no hablaran con extraños, pero también les habían enseñado a ayudar al prójimo siempre que pudieran. También recordaron que en muchas ocasiones les habían aconsejado no acercarse al pozo, pues era peligroso. Sopesaron la situación y sus opciones durante el resto de la tarde, y para la noche habían decidido ayudar a quien fuera que hubiese escrito esa nota y que posiblemente vivía dentro del pozo, pero sin decirles nada a sus padres hasta averiguar de quién se trataba. Acordaron que a la mañana siguiente los tres juntarían un poco de su ya de por si escueto desayuno, y que lo llevarían al pozo cuando sus padres se fueran a trabajar.
Así lo hicieron, y antes del mediodía ya estaban bajando nuevamente la cubeta con algunos frijoles en un plato. Hasta entonces se dieron cuenta de su enorme profundidad, pues fueron un par de minutos los que la cubeta tardó para llegar al fondo. Cuando sucedió, esperaron un poco, observando la cuerda, esperando que algún movimiento les indicara que su nuevo amigo había tomado los frijoles, pero no ocurrió ese día. Antes de caer la noche, dieron un último vistazo a la cuerda y se fueron a dormir. A la mañana siguiente acudieron al pozo para saber qué había pasado. El mayor de los hermanos jaló un poco la cuerda, y entonces notó que pesaba más que el día anterior. Se apresuraron a subir la cubeta, y cuando estuvo entre sus manos, vieron que de nuevo había una nota, pero esta vez no era lo único; también había una pequeña bolsa en su interior. Supusieron que quien estaba abajo era mudo e incluso sordo, ya que no había respondido a sus gritos, y por ello se comunicaba con ellos con esas notas, así que el mayor de los hermanos la abrió para leerla mientras los dos más pequeños empezaron a abrir la bolsa.
En la nota se leía, nuevamente con excelente caligrafía, "Nuestros expertos han analizado el alimento. Concluyeron que se trata de leguminosas de muy buena calidad, nutritivas y de buen sabor. Enviamos agradecimiento". Al tiempo que el mayor leía la nota, sus hermanos habían abierto la bolsa, la cual contenía tres piezas pequeñas de oro. Estaban atónitos y felices. Quien quiera que estuviese abajo, pagaba muy bien por la comida, por sencilla que fuera. Durante el resto del día platicaron respecto a esta situación y concluyeron que seguirían ayudando a la gente del pozo, pero sin decir nada a sus padres, al menos por el momento, pues no querían estropear su posible nuevo negocio.
En la mañana del siguiente día, llevaron algunos trozos de pan al pozo, y bajaron la cubeta con cuidado pero a prisa. La respuesta fue más rápida en esa ocasión: la cubeta sufrió un movimiento corto pero brusco unos segundos después de haber tocado el fondo del pozo. Los hermanos esperaron, pero nada sucedió, por lo que decidieron regresar hasta la mañana siguiente. Efectivamente, en cuanto el solo iluminó el patio de la casa, la cubeta ya contenía una nueva nota con su respectivo agradecimiento, esta vez mayor, y que los hermanos recibieron gustosos, no sólo porque ya tenían "dinero", sino porque estaban ayudando a alguien más. La nota decía "Nuestros expertos han analizado el alimento. Pan. Muy nutritivo y de muy buen sabor. Esperamos nuevas muestras. Enviamos agradecimiento".
En los días siguientes, cuando comían, procuraban guardar algo de sus alimentos para poder llevarlos al pozo a la mañana siguiente. No era mucho, pero procuraban dar un poco de variedad a los alimentos que intercambiarían. El negocio resultó bastante provechoso, a pesar de un poco de hambre extra que pasaban a cambio del oro que recibían. Cada entrega de comida era respondida al día siguiente con una nota que contenía un breve análisis del alimento, su "calificación" y los correspondientes agradecimientos, tanto en elogios como en oro, y siempre en espera de algo diferente para probar.
Con el oro que obtenían de los intercambios, los niños tenían mayores posibilidades de ofrecer un alimento nuevo y mejor a sus amigos del pozo. Sin embargo, ya era tiempo de ayudar a sus padres, por lo que empezaron a “encontrar algo de oro en las calles cercanas y en el patio”. Tal vez debido a las presiones económicas que tenían, los padres de los niños no cuestionaron su fortuna.
Pero alguien había estado observado sus “golpes de suerte”. Uno de sus vecinos, el que había iniciado los rumores acerca de fantasmas en aquella casa, había notado por casualidad una de las ocasiones en que los tres hermanos sacaban la cubeta del pozo, y de ella una bolsita de apariencia pesada. Desde ese día comenzó a espiar con mayor detenimiento, y luego de ver que en pocos días la familia que ahí vivía comenzaba a parecer menos pobre, concluyó lo obvio: habían encontrado una especie de mina de oro en aquel pozo. Por supuesto, no podía dejar que aquellos niños que recién habían llegado a esa casa tuvieran la posibilidad de obtener oro en vez de él, quien llevaba décadas "cuidando" aquel lugar, así que planeó la manera de conseguir su bien merecida paga.
Tendría que esperar la noche, cuando menos probabilidad había de que lo vieran. También notó que los niños colocaban algo en la cubeta diariamente, y que no regresaban hasta el día siguiente. Eso podría averiguarlo cuando se escabullera en el pozo para obtener algo del tesoro que seguramente estaba en sus profundidades. Sólo tenía que esperar y estar atento para no tener sorpresas…
La noche siguiente, observó cómo los niños dejaban en la cubeta un par de objetos, luego la bajaban y se iban a su casa. Esperó unos minutos más, hasta asegurarse de que ya estaban dormidos y nadie saldría a la llanura. Saltó la barda que delimitaba su propiedad, y caminó sigilosamente y agazapado hasta e pozo. Con mucho cuidado y silencio, subió la cubeta. Con sorpresa y dudas descubrió que había tres manzanas en ella.
En su mente comenzó a elaborar teorías al respecto. Tal vez había alguien abajo obteniendo el oro y esas manzanas eran su cena, o podría ser una especie de pozo mágico que convertía las manzanas en el preciado metal amarillo. Conforme más imaginaba, más raras eran sus teorías, y el tiempo seguía corriendo, así que decidió dejarlas a un lado y continuar con su misión. Quitó las manzanas, quedándose con una por si le daba hambre, y como pudo se acomodó en la cubeta. Luego de asegurarse que aguantaría su peso, tomó la cuerda y comenzó a descender en el pozo, con un brillo de avaricia en los ojos tan intenso como el del oro que lo esperaba en aquella profundidad tan oscura.
Cuando amaneció, los niños fueron directamente al pozo, como ya acostumbraban. Pero entonces el más pequeño de ellos descubrió en el suelo dos de las manzanas que habían dejado a noche anterior. Se preguntaron qué habría pasado, si a sus amigos del pozo no les habrían gustado o si sólo querían una. A su vez, tomaron la cuerda de la cubeta, pero esta vez no pudieron. El peso era mucho, así que entre los tres usaron todas sus fuerzas para lograrlo.
Tardaron unos minutos en subir por completo la cubeta. Al verla, supieron el motivo del peso: estaba llena de piedras doradas, una cuantas incluso se habían caído por el borde. Los niños estaban felizmente asombrados. Era más oro que todo el que habían conseguido en días anteriores. Comenzaron a depositarlo a un lado del pozo, y conforme vaciaban la cubeta reían y se decían las muchas cosas que podrían comprar ahora, y también comenzaron a preguntarse cómo se lo dirían a sus padres.
Cuando terminaron de vaciar la cubeta, vieron que la acostumbrada nota estaba ahí, en el fondo, pero acompañada de un pantalón y una camisa que les parecían conocidos. Ansiosos, leyeron al unísono el papel. Al terminar, palidecieron y de inmediato fueron en busca de clavos, madera y piedras para tapar el pozo.
La nota decía "Nuestros expertos han analizado el alimento. Carne blanca de primera calidad. Exquisita, nutritiva, lo mejor que hemos probado. Enviamos agradecimiento. ¿Tienen más? Podríamos ir por ella".

3 jun. 2013

Borracho

Dicen que los borrachos siempre dicen la verdad. Quienes lo dijeron seguramente estaban borrachos. Eso se dijo Leonardo mientras tropezaba por quinta ocasión con la banqueta en su afán de mantenerse en movimiento. A penas llevaba unos minutos caminando solitario por las calles, pero sentía haber recorrido kilómetros, a pie y arrastrándose también.
Si le preguntaban, él diría la verdad. No necesitaba estar borracho para decirla. Si era cuestionado respecto a aquella mujer conocida como Luna, no mentiría ni adornaría su relato con exageraciones. Pero nadie le preguntaría a un borracho.
Así era mejor. Podría llegar a su casa y olvidarse de todo por unas horas, caer en un sueño profundo como la botella que minutos antes vaciara a largos tragos sin ayuda alguna. Tal vez se había embriagado a propósito, para no mentir a nadie de lo sucedido. Seguramente fue ese el motivo, aunque no podía recordarlo ya.
Habían secuestrado a Luna. Pero no era uno de esos secuestros que diariamente ocupan algunas columnas en los periódicos y que son olvidados unos días después. No la habían secuestrado personas, sino el cielo, y Leonardo lo había visto todo.
En cuanto salió de la cantina, la vio mirando las estrellas, o lo que parecían serlo. Vio también cómo una luz intensa, como de esos reflectores que usan en el teatro según las películas, se centraba en Luna mientras ella seguía embelesada. Había corrido hacia ella, con cierto temor y escalofríos, pero antes de lograrlo, los pies de ella ya no tocaban el suelo, sino que recorrían ese sendero blanquecino que demarcaba la intensa luz de aquella estrella luminosa.
No gritó ni armó escándalo alguno. No se atrevió a advertir de lo ocurrido a la gente que estuviera en las cercanías. En cuanto la idea cruzó por su mente, se dio cuenta de lo ridículo que sonaba, incluso para sí mismo. Además, ¿quién le haría caso a un borracho?
Repentinamente, una duda peor lo desconcertó: ¿estaba borracho cuando raptaron a Luna? Tal vez, en ese momento, el efecto del tequila aún no acudía a sus sentidos, pero si ya estaba borracho, bien podría tratarse de una alucinación.
Se supone que los borrachos siempre dicen la verdad, pero ¿cómo saber en qué momento ya estaba borracho? Y si ya lo estaba, ¿cómo saber si decía la verdad o sólo había sido una alucinación?






28 may. 2013

Sigo Despierto

Las 10 de la noche. Esa es la hora que me había propuesto para dormir, ya que al día siguiente debía madrugar para una reunión del trabajo. Y si, a las 10 de la noche estaba ya en cama, pero 3 horas después, aquí sigo, sin poder cerrar los ojos por más de 3 segundos seguidos, y la necesidad de madrugar también continúa.

No termino de explicarme cómo es que me sucede esto, el molesto insomnio. Estaba agotado desde la tarde, somnoliento de la mañana, y evité la cafeína todo el día, precisamente porque sabía que mañana (o más bien, hoy) es necesario despertarme antes de que el reloj marque las 5 horas. No obstante, sigo despierto, pensando.

Cientos de cosas pasan por mi mente, desde nimiedades como la mala combinación de ropa que usé hoy, pasando por las deudas inexistentes que tengo pero que se harán presentes al final del mes, e incluso la salud actual de la mitad de mi familia. Irónico, no les hablo desde hace años, pero aquí estoy, preguntándome si necesitarán nuevas medicinas mis tíos o si alguno de mis abuelos requerirá ser internado por el avance de sus enfermedades. Son las personas más sanas que conozco, pero no dejo de preguntarme si seguirán así.

También pienso en el trabajo. Sé que he hecho bien las cosas, que he terminado mis reportes a tiempo y sin errores. Lo sé porque los revisé 4 veces antes de pasarlos al gerente. Pero aquí estoy, mortificándome porque no recuerdo haber mencionado correctamente al "doctor" en ese documento, ese que no puede ser conocido por su nombre o acciones, sino por sus títulos.

Tal vez no pueda dormir porque sé que dejé pendiente una transacción importante. Pero yo no llevo esos asuntos, ni cuenta bancaria tengo, asi que no es posible.

Puede ser que el pensar en ella me quite el sueño. No obstante, estoy consciente de que nunca estaremos juntos, no desde su decisión que nos distanciara y le diera una nueva vida hace más de 10 años. Ni siquiera siento molestia al respecto, ya no. En aquel tiempo mantuve rencor, pero seguí mi vida, igual que ella hizo con la suya.

Otra opción es que esos estudios médicos que me hicieron hace unos días y cuyos resultados conoceré mañana estén intentando tomar espacio en mis pensamientos. Siempre fui una persona sana, pero las jaquecas y calambres cada vez más constantes me obligaron a ir con el médico. Sé que estoy bien, y casi podría asegurar que mis malestares se deben a la falta de sueño, así que tampoco es algo que me preocupe.

El reloj marca que hace unos minutos eran las 4 de la mañana. Mi despertador debe sonar en menos de dos horas, y yo sigo aquí sin poder dormir, perdido entre los motivos posibles de mi insomnio. Ninguno de ellos parece ser suficiente, no me convencen para ser capaces de arrancarme las delicias del descanso y el sueño, y menos por tantas noches. He perdido la cuenta de esas noches, son demasiadas. Pero en cada una de ellas hago lo mismo, un recuento de las amenazas a mi somnolencia, y nunca me parecen suficientes, nunca serían capaces de dejarme sin dormir. Y no obstante, sigo sin dormir, y ya está sonando la primer alarma de mi despertador.

No puedo dormir porque no dejo de preguntarme qué es lo que no me deja dormir.

27 may. 2013

Su Guardián

Soy su guardián, aunque no lo sabe. Desde el primer momento en que la vi, he cuidado cada uno de sus pasos, he estado al pendiente de cada una de sus acciones, y he procurado que esté tranquila, contenta, feliz…

Fue una sensación a primera vista. Hay quienes creen que me “enamoré”, pero esto va más allá. Si, es hermosa, y todos saben de su inteligencia envidiable y su carisma tan peculiar que agrada a quien la conoce. Basta dialogar con ella unos segundos para sentir la suavidad de su voz  y la fuerza que en ella habita. Y sentir cómo su piel roza una fracción de la propia es algo indescriptible y con la que ni la más suave tela del mundo podría compararse. Es la perfección hecha mujer. Por ello la cuido.

Cada que sale a esas peligrosas calles que inevitablemente debemos transitar, siempre voy tras sus pasos y a una distancia prudente, no por esconderme de ella, sino para evitar que sospechen aquellos que quieran dañarla. Seguramente tomarían medidas distintas si supieran que estoy ahí protegiéndola, y no me gustaría perder el elemento sorpresa que tan útil resulta.

Desde que la conocí en la escuela he estado cercano a ella. Fue complicado que nuestros horarios coincidieran, especialmente porque no teníamos las mismas clases. Tuve que faltar a varias con tal de asegurarme que ella podría estar bien en las suyas, o al menos así fue hasta que decidí dejar por completo los estudios. No podía perder tiempo en ello si quería estar al pendiente de ella.

Cada minuto de sus actividades diarias las tengo contempladas en mi agenda, sé a qué hora come, a qué hora va al gimnasio, a qué horas y qué días sale con sus amigas… y también con sus “amigos”. No puedo decir que siento celos al verla con otros hombres, ya que sé que no tengo derecho a celarla. No es mi posesión, no es mi pareja, ni siquiera podría decirse que somos amigos. Simplemente me mantengo alerta cuando está con alguno de ellos. Es algo normal. Yo soy su guardián, ella es mi protegida.

Además, soy el único que conoce todo de ella. Sé qué le gustaría recibir de regalo para su cumpleaños, sé a dónde le gustaría viajar, qué le gustaría comer, las películas que adora, la música que la deleita y con la que prefiere bailar, los movimientos que realiza en esas danzas, la ropa que tiene y que le gustaría tener, lo que la entristece y lo que le causa carcajadas inmediatas. Incluso sé cuáles son sus sueños y deseos más íntimos, conozco y he practicado la manera en que le gustaría ser complacida en todo aspecto. El precio fueron algunas noches a la intemperie y sin dormir mientras miraba su ventana, pero sé que valieron la pena y que ese conocimiento que ahora tengo nadie más lo tendrá.

En más de una ocasión la he ayudado sin que se dé cuenta, y es así como prefiero realizar mi labor. Por su belleza y la fragilidad que aparenta, es obvio que muchos de los ladrones comunes la consideren un objetivo. Las clases de autodefensa que tomó hace unos meses bien podrían ayudarle a defenderse sola, pero ¿de qué le sirve un guardián si no es capaz de defenderla? Recuerdo la ocasión en que la seguía por la noche, y entonces un tipo se dirigió a ella, con la intención de asaltarla y tal vez de hacerle daño. Obviamente que no lo podía permitir, en especial siendo su guardián. Lo intercepté antes de que acortará la distancia lo suficiente y lo estrellé contra la pared. La sorpresa que le causé fue mi mejor arma, además de las nudilleras que se encajaron en sus costillas repetidas veces. Recuerdo que ella sólo apresuró el paso, temerosa del ruido a sus espaldas y el motivo. La comprendí sin problemas, y dejé que siguiera su camino sin hablarle, como siempre. Sabía que no sería la última vez que debería hacer similar. Ella nunca se enteró de lo que sucedió en esa y otras ocasiones. Si lo supiera, seguro me llamaría “mi héroe” por haberla salvado, lo cual no me gustaría que hiciera.

Y es que en realidad, ella ha sido quien me ha salvado. Antes de conocerla, yo no tenía un objetivo en esta vida, carecía de motivaciones. Pero al verla todo cambió, y al comenzar a seguirla y conocerla, mi ser se transformó. Había encontrado una hermosa motivación, una que ocupaba mis pensamientos y tiempo. Cada palabra suya, cada actividad que realiza, todo en ella me cautiva.

He pensado en decirle lo que hago y que es mi fascinación, pero siempre hay una duda que me detiene: ¿Qué haría si lo supiera? No hay muchas opciones como respuesta, y los riesgos son muy elevados. Tal vez se sorprenda y note el romanticismo que hay en lo que hago, en ser su guardián, y entonces me bese como no ha besado a ninguno de sus amigos, como si sellará nuestro destino de estar juntos por siempre y ser felices… o tal vez sea como las demás y crea que soy un psicópata obsesionado y enfermizo.

2 may. 2013

El Pistolero Más Rápido

Llegó al pueblo por la tarde y encontró sus calles vacías. Los lugareños habían escuchado rumores de que estaba cerca, así que decidieron ocultarse en sus casas. Su reputación precedía a ese hombre conocido como El Rayo, el arma más rápida que jamás hubiese rondado aquellas tierras. Se decía que podía desenfundar y vaciar su revólver incluso antes de que sus oponentes tuvieran oportunidad de rozar sus armas. Una leyenda que fue confirmada por decenas de testigos.
Así, parecía que El Rayo podría pasar sin problemas por el pueblo, pero un hombre le hizo frente en la plaza. Le decían El Caracol, y bastaba verlo desenfundar su arma para saber el porqué de su apodo.
El reto entre El Rayo y El Caracol fue comprendido y aceptado al instante. Ambos contrincantes se miraron a lo lejos por unos segundos y entonces se acercaron hasta que los acostumbrados 10 metros de distancia los separara.
Dio inicio el duelo. El Rayo desenfundó su revólver con una velocidad increíble mientras colocaba su dedo en el gatillo para luego presionarlo, recargar y presionarlo de nuevo, repitiendo así hasta que las seis balas que tenía fueron lanzadas hacia su oponente. A la par, El Caracol desenfundó. Eso fue todo lo que pudo hacer.
Seis impactos quedaron marcados en la puerta de una casa, la que se encontraba a espaldas de El Caracol. Éste, mientras miraba de reojo, apuntó su arma contra el pecho de El Rayo, quien rápido y firme colocaba nuevamente seis balas en su revólver para una segunda ronda de disparos, la cual nunca ocurrió. Un solo disparo más se escuchó esa tarde en el pueblo, y provenía del arma de El Caracol.
El funeral se realizó en completo silencio. No asistió nadie por motivo del difunto, sino del acontecimiento. El Caracol se encargó de escribir el epitafio de El Rayo, y nadie tuvo objeción al leerlo: Fue el pistolero más rápido del oeste, pero el de peor puntería.




1 abr. 2013

Cascada

El siguiente texto, aunque suene a cliché y slogan básico de película con mediano presupuesto, está basado en hechos reales en los cuales estuvo involucrado un amigo muy querido. Las sugerencias y hasta las advertencias son ya conocidas respecto al sistema judicial con que contamos en países como México, donde ya no se sabe si hay que cuidarse más de los delincuentes o de la policía, además de que mi opinión al respecto sería bastante parcial, así que espero no disfruten el relato ni tengan la “oportunidad” de recrearlo.

 

La carretera estaba casi desierta a esa hora de la madrugada. Si de él hubiese dependido, seguiría brindando con sus amigos, pero había compromisos por cumplir al día siguiente, y necesitaba descansar unas cuantas horas, de preferencia en su propia cama. No faltaba mucho para que amaneciera, y aunque sobraron las risas y canciones en la fiesta, su cuerpo ya estaba sintiendo las consecuencias de las casi veinticuatro horas que llevaba despierto, jornada laboral y de entretenimiento incluidas. El frío aire que le proporcionaba la velocidad a través de la ventanilla mantenía sus sentidos alerta.

Miro cómo la calle era consumida por la velocidad de su auto, el primero que había conseguido no sólo por su cuenta, sino también de primera mano. Un lujo que desde hacía tiempo creía merecer, pero que circunstancias diversas habían retrasado. Fue mientras recordaba el momento de la compra que vio por el retrovisor una mezcla de luces azules y rojas. “¿Y ahora?”, pensó mientras aminoraba la marcha y dirigía el vehículo a la orilla de la carretera.

Los uniformados no tardaron en alcanzarle e imitar su manera de estacionarse. Notó que eran dos los vehículos policíacos que aguardaban a sus espaldas, y repentinamente el cansancio desapareció. Comenzó a buscar con su mano derecha su teléfono celular, pero un golpecillo en la ventanilla lo interrumpió y se obligó a mirar lo más tranquilo posible al hombre uniformado que se encontraba a su lado. “Seguramente se encontraron y van a cenar todos, por eso son dos patrullas”, se dijo intentando convencerse de que estaba exagerando las cosas.

Poco le faltaba para dejar a un lado sus suposiciones, pero fue entonces que notó la ira en los ojos de aquel uniformado. Un instante que le pareció eterno, pero que fue tiempo suficiente para que otro uniformado forzara la puerta del copiloto. Miró a su izquierda, luego a la derecha de nuevo, y un golpe nubló su vista. El impacto lo hico retroceder un poco en su asiento, y ese impulso fue aprovechado por el invasor del lado izquierdo para jalarlo hacia él y definitivamente removerlo de su lugar como conductor. No supo cómo, pero ese tirón bastó para que quedará afuera del auto, sobre el frío asfalto.

Escuchó gritos, todos en un tono agresivo y encolerizado, pero sin poder distinguir bien las palabras. Por lo menos tres personas estaban a su alrededor, de eso estaba seguro gracias a las patadas que estaba recibiendo. Por instinto, intentó adoptar la posición fetal, pero antes de que pudiera, uno de los puntapiés se coló hasta su vientre y lo dejó sin respirar por unos segundos. Luego de cuarenta eternos segundos, los agresores se detuvieron.

Un par de manos, posiblemente las mismas que lo sacaran de su automóvil, lo jalaron por el cuello de su camisa y e vio obligado a levantarse. Aunque siempre fue delgado, le sorprendió la facilidad con que su cuerpo era llevado por sus atacantes. Entonces comenzó a hablar. Les pidió que tomaran lo que traía, cerca de ochocientos pesos, y que se llevaran el auto, pero que lo dejaran en paz. No pudo saber con certeza si no lo escucharon o si lo ignoraron, pues aún mientras hablaba fue sometido contra la puerta trasera izquierda de su auto, de la cual recibió un fuerte golpe en la frente cuando la abrieron. Acto seguido, lo empujaron al interior del auto, procurando que su cabeza apuntara al suelo.

Cierta esperanza llegó a su nubada y golpeada mente cuando sintió entre sus manos la forma cilíndrica del bate de baseball cuya compra y posterior compañía habían sido sugerencias de uno de sus amigos de la fiesta a la cual había asistido horas antes… pero se esfumó todo atisbo de posibilidades cuando por su cuerpo fue recorriendo el miedo que sólo un arma de fuego apuntando al cráneo puede causar.

De nuevo escucho las voces, esta vez menos fuertes pero con igual furia, que le exigían entregar su cartera. Obedeció, y antes de que terminara de sacarla de su bolsillo trasero, le fue arrebatada. Un silencio frágil reinó por unos instantes, y luego de un severo “Es él”, se cerraron todas las puertas del auto y el sonido del motor le indicó que la madrugada a penas iniciaba…

No supo si se desmayó o durmió, ni cuántas horas habían pasado desde que lo detuvieran, pero el tiempo pareció avanzar incontrolable. Sólo estaba seguro que los policías le quitaron su reloj, le habían vendado los ojos, y cada tanto tiempo le golpeaban las costillas o pisaban el cráneo. Él seguía tumbado entre los asientos, en completa oscuridad, aunque sin la venda sólo hubiera visto los tapetes recién lavados de su auto. El hambre y la sed también parecían estar en su contra, aunque aún comiendo sabía que no se sentiría menos débil en esos momentos. Y más que débil, vulnerable.

Cuando lo sacaron del auto, fue encaminado unos cuantos metros lejos, mientras sentía una brisa seguramente nocturna. “Dios, ¿cuánto tiempo llevo así? ¿por qué no sólo se llevan todo y me dejan en paz? ¿por qué no terminan esto?”. Nadie iba delante de él, pudo escuchar los pasos de dos de los policías a cada lado, y el arma del tercero muy pegada a su espalda. Sintió una pequeña gota deslizarse por su mejilla, pero ni siquiera él supo distinguir si era una lágrima o su sudor. Un golpe debajo de la nuca con la culata de la pistola lo hizo tropezar, y una patada a la parte trasera de sus rodillas le aseguró caer. El polvo llegó hasta su nariz, y sus pensamientos tomaron forma. Ya no estaban en las calles, sino en algún lugar apartado, lo sabía por el viento frío y la terracería que yacía bajo él. A pesar de tenerlos vendados, sintió su vida pasar frente a sus ojos.

Otra vez gritos. Golpes. Escupitajos. Uno de los policías lo tomó por el cabello y lo levantó un poco, sólo para que recibiera un nuevo golpe de bota en la cara. Ya no podía más. Comenzó a gritarles, esta vez sí lo escucharían. Les llamó cobardes, montoneros, incapaces de matarlo. Su ira superaba con creces el miedo que lo había albergado desde que lo secuestraran. Por respuesta a sus reclamos recibió una patada más en el vientre, la cual ahogó la mentada de madre que estaba profiriendo a sus captores. Acto seguido, sintió un objeto metálico pegado a su frente, aunque estaba seguro de qué se trataba. Intentó gritar “Dispara ya, cabrón. ¡Termina con esto y vámonos todos al carajo!”, pero aún no recuperaba suficiente aire para ello.

Ni siquiera fue un minuto el que estuvo arrodillado contra su voluntad y con el cañón de la pistola listo para atravesar su cráneo, pero por segunda vez en el día tuvo oportunidad de ver su vida completa. La húmeda brisa nocturna parecía una helada cascada que llevaba toda su vida corriendo en su caudal, y que terminaba en su nuca, y cuyo frío le recorrió cada centímetro de piel, llegando hasta sus mismos huesos. Estaba seguro que habían llegado sus últimos respiros…

Otro golpe en la nuca, seguramente para dejarlo inconsciente, pero no surtió el efecto deseado. Escuchó a uno de los policías decir “Que te sirva de advertencia, cabrón. Vámonos, ya tenemos lo que queríamos”. Intentó levantar la mirada para saber hacia dónde se dirigían, pero la luz de los faros de su auto lo impidió. Sólo notó como aceleraban mientras el polvo a su alrededor se elevaba formando nubes de confusión.

Se quedó ahí unos minutos, de rodillas, sopesando lo que había sucedido, intentando mantener la cordura y lo poco que le quedaba de calma. Si sus captores eran como creía, no lo habían dejado muy cerca de cualquier tipo de ayuda. Tenía que empezar a caminar, encontrar ayuda. Hasta ese momento notó su camisa, antes blanca, ensangrentada y con algunos jirones colgando. Sus pantalones estaban cubiertos de tierra, lodo y sangre. No recordó estar sobre lodo, pero las manchas cafés indicaban que sí. No tenía zapatos, se los habían quitado junto con su cartera y demás artilugios. Aunque nunca tuvo las manos amarradas, sentía un dolor punzante en las muñecas, tal vez por la ira o porque en ellas mantuvo su peso buena parte del día. Sin embargo, el dolor que más molestia le causaba y también preocupación era el de sus costillas y el de su cráneo. No quería saber más, pero dudaba mucho que el líquido que corría por sus mejillas fuera transparente, y su camisa corroboraba su teoría. Reunió fuerzas, las pocas que le quedaban, y comenzó a andar sobre los rastros de llantas que su automóvil había dejado, como una última ayuda ahora que se separaba de él.

Pero su esperanza quedaría despedazada luego de recuperarla. Después de caminar por un par de horas bajo el frío amanecer, divisó a lo lejos un módulo de policía. Al acercarse tenía dudas de que lo pudieran ayudar, en especial considerando cómo vestían quienes lo habían despojado de sus pertenencias, pero a la vez sabía que no tenía muchas opciones. Uno de los guardias en la entrada del módulo lo vio acercarse, pero ni siquiera pestañeó hasta que se encontró frente a él, seguramente porque lo confundía con algún indigente de la zona. Ni su apariencia demacrada y la sangre cubriendo su camisa parecieron importarle al guardia, así que comenzó a hablar, a pedir que lo ayudaran, que lo habían secuestrado. El vigilante, con gestos de hastío y haciendo ademanes para calmar al ciudadano frente a él, llamó a sus compañeros, tres de ellos. Cuando estuvieron los cuatro uniformados ante su presencia, relató los hechos de las últimas horas, la manera en que lo agredían, lo que le habían quitado, y demás detalles que consideró importantes.

Lo escucharon atentamente durante los 8 minutos que duró su relato resumido, con semblante serio e incuso cierto interés. Al terminar, comenzaron a hacerle preguntas, empezando por su nombre, dónde lo abordaron, qué coche llevaba, cuánto dinero le quitaron, dónde y con quién vivía, si había gente a esas horas en su casa, qué artículos tenía en ella… Las últimas preguntas comenzaron a inquietarlo. Miro con cierto recelo al que parecía ser el jefe, y con un hilo de voz le dijo “¿Eso qué tiene que ver?”. Su pregunta pareció ofender al oficial. Un resoplido seguido de frases despectivas respecto a cómo la gente no permitía ser ayudada lo acompañaron mientras daba media vuelta y volvía a la oficina en la cual lo interrumpieran minutos antes. El primer guardia sólo pudo alzar los hombros e imitar a sus compañeros, que ya se dispersaban por los alrededores del módulo.

No podía ser. Simplemente no podía ser. Quería gritar, insultar, golpear, destrozar, llorar. Pero nada podía hacer, no tenía las fuerzas necesarias para nada de eso. Tragó saliva y el sabor sanguinolento le recordó que el día recién iniciaba, así que comenzó a caminar otra vez, siguiendo la demacrada carretera que unía a aquel módulo con alguna parte de la ciudad. Fuese cual fuese, esperaba encontrar un poco más de ayuda.

 

Tuvo que mentir a sus amigos. De verdad quería salir con ellos, contarles lo sucedido, desahogarse… pero a la vez, no quería mortificarlos con sus desventuras. Además, algo en su interior le hacía sospechar que lo vigilaban desde hace tiempo, muy probablemente desde antes del secuestro, y no quería que lo vieran acompañado de nadie, no de sus seres queridos.

Miró por la ventana de su oficina y sintió el calor solar en sus heridas. A pesar de la severidad del castigo al que fue sometido, se encontraba en condiciones estables, y sólo algunas cicatrices quedarían como recordatorio de lo sucedido, a menos físicamente. No quería pensar en más, ni en los aparentemente interminables trámites de denuncia a los que aún acudía, a pesar de que sabía perfectamente que nada recuperaría. Quería sentir que sus agresores podían ser capturados, de verdad quería creerlo, aunque la justicia que se les aplicara fuera humana, divina, cósmica o algo. Cualquiera sería buena, siempre y cuando se aplicara, o al menos, teniendo la esperanza de que así fuera.

Tal vez, lo mejor sería olvidar todo, desaparecer un tiempo, esta vez intencionalmente, y dejar atrás toda la escoria que se había cruzado en su camino… pero no huiría. No sabía si era orgullo o auténtica fortaleza, pero definitivamente no escaparía. Continuaría viviendo como antes, aunque por unas semanas se aislaría para alejar a cualquiera que lo siguiera vigilando, y si alguna vez volvía a encontrarse con aquellos que lo golpearan, seguramente los saludaría como si no los conociera… o eso quería pensar.

23 feb. 2013

Cenizas Quedan

Me dicen que debería intentar algo con ella. Y lo dicen como si fuera lo más sencillo del planeta. Me han visto a su lado un par de ocasiones, ni siquiera saben cómo es nuestra relación, pero insisten en que ella bien podría ser mi compañera de vida, al menos temporalmente. No sé cómo explicarles que no puede ser así.
Es verdad que su belleza es cautivadora, que su mirada inocente tiene el efecto inmediato de hacer sonreír o dejar embelesado a quien la vea. Es verdad que su cabello se mueve con el viento a un ritmo tan alegre que pareciera ralentizar el tiempo cuando las caricias del aire la rodean y enmarcan ante la visión de los demás. Es verdad, su sonrisa tímida parece coquetear a quien la dirige, aunque sea de manera involuntaria. No puedo negar ninguna de esas afirmaciones, todas son verídicas. Y no obstante, no puedo estar con ella.
Alguien se atrevió a decirme alguna vez que dejara mi inseguridad a un lado, que era obvio el interés de ella hacia mí. No supe si reír o enojarme con esa persona. Si tan sólo supiera que la inseguridad no tiene cabida en mi persona, y que por ende, no es el motivo de que no pueda haber nada mas que una amistad entre ella y yo. Y ni siquiera estoy seguro de que merezca una amistad.
Hemos salido juntos algunas ocasiones. Desde el inicio hubo cierta “chispa” entre nosotros, de esas que los cursis llamarían “única en la vida”. Congeniamos bastante bien, y aunque diferíamos en muchos de nuestros gustos, coincidimos en algunos detalles. Supongo que esos fueron los decisivos, los detalles en nuestra historia. Aunque no sé si pueda decirse que tenemos una historia, y no lo sé porque me encargué de sabotearla casi desde que nos conocimos.
Me dicen que lo intente de nuevo. Lo dicen seriamente, jugando, de manera directa e indirecta. Me lo dicen a cada momento. Lo dicen tanto que estuve cerca de creérmelo. Poco me faltó para ir a donde ella y pedirle perdón por lo que hice, dispuesto a rogarle por una segunda oportunidad para tratar de revivir el cariño que nos tuvimos, prometiéndole poco menos que el paraíso terrenal… casi sucedió. No obstante, aquí sigo, mirando el ocaso a través de esta ventana mientras termino de sorber el café que preparé hace unas horas. Todo un cliché de la nostalgia.
Miro los restos que quedaron en la taza, esos trocitos de café que no lograron disolverse y que ahora reposan en el fondo de su contenedor. Así es mi relación con ella.  Restos que reposan en el fondo de…. no sé de qué,pero son restos, cenizas de las llamas que en alguna ocasión nos cubrieron y mantuvieron juntos, y que yo me encargué de apagar.
Me dicen que lo intente, pero no puedo, no debo. Fui yo quien la traicionó, quien la dejó. Fue ella quien me perdonó y siguió a mi lado. Intentar avivar un fuego donde sólo cenizas quedan es imposible para mí. Cometí un error, uno enorme, y ahora debo atenerme a las consecuencias. Seguiremos conviviendo como buenos amigos, aunque ni eso merezca luego de traicionarla. Yo la veré ir de la mano con alguien más, y no me quedará más opción que resignarme, tragar mi coraje y mi orgullo, y decir para mis adentros “No la mereces. Tal vez hace tiempo sí, pero te encargaste de arruinarlo. Ella merece ser feliz, pero ya no a tu lado”.
Me dicen que seríamos una linda pareja, que debería esforzarme por conquistarla. No conocen la historia completa. No saben que entre nosotros sólo cenizas quedan, y que el más ligero viento podría hacerlas volar.