19 feb. 2012

Paraíso

¿Cómo llegué hasta aquí? No lo sé, y dudo que haya alguien que pudiera decírmelo. Fueron muchas cosas, tantas, que no podría elegir alguna como el motivo único de todo esto. Cada una de las situaciones en las que he estado involucrado han repercutido indudablemente en el desarrollo de mi malestar. Y si le digo malestar es sólo porque no estoy seguro de que sea una enfermedad como tal. En momentos lo considero, más bien, un don.
Mientras escribo esto, el cadáver que yace a mi lado me aconseja que apresure mis manos si es que quiero salir inmune nuevamente. No tardarán en acudir curiosos a las afueras del hotel, temerosos de que aquellos gritos que escucharon no fuesen parte de un juego de perversión sexual, sino de perversión mental. Y no se equivocarían. La sesión de tortura no duró tanto como creí, pero resultó bastante fructífera. Al menos, creo que mi objetivo se cumplió y esa escoria que se hacía llamar humano logró entender el mensaje que quise emitirle respecto a su nefasto comportamiento a lo largo de su vida.
A pesar de todo, dudo que la gente entienda el mensaje que supuestamente llevan mis acciones de hoy. Seguramente le atribuirán simbolismos equivocados, y terminaré siendo considerado como una bestia ruin de acciones atroces, capaz de asesinar a un ciudadano tan respetado como es el que termina de desangrase en el piso cerca de mi. Si conocieran la historia completa es probable que me concedieran clemencia, tal vez perdón. Inclusive, algunos hasta podrían considerarme un héroe. No hay muchos últimamente, así que no les vendría mal tener alguien a quien idolatrar, aunque sea por unas semanas, hasta que la noticia deje de ser llamativa y sea sustituida en los titulares de periódicos y noticieros por un nuevo escándalo de la farándula. Es el pan de cada día, ese al que estamos tan acostumbrados y que no dudamos en comer ansiosamente, aunque aborrezcamos el sabor que deja.
La historia completa. Carajo, puede que ni siquiera yo haya conocido la historia completa. Tal vez este tipo fue una víctima de la vida y la sociedad, una persona muy atormentada en su niñez, o quizá sus actos fueron algo como los míos, una venganza personal. ¿Una venganza personal contra el primero que osara disgustarle? De acuerdo, puede que esa opción podamos descartarla. Sin embargo, el conocer los motivos que tuvo para humillar a tantas personas realmente me intriga. Sería como explorar mis propios motivos. Y no sé si podría describirlos. Muchos quisieron resumirlos en un par de palabras: ira y frustración. En un inicio me negaba a creerlo. No me consideré nunca una persona agresiva ni violenta. Es más, siempre fui etiquetado como "el tranquilo" entre mis amigos, el que no rompe un plato. No rompía un plato, pero sí destrocé muchas vidas.
Ira. No termino de creerlo, pero supongo que es verdad. En mi interior tengo mucha ira, tal vez demasiada. Siempre fui capaz de contenerla, e incluso me atrevo a decir que a controlarla y eliminarla de mis pensamientos. Luego descubrí que sólo la había pospuesto. Aquel lapsus de demencia abordo del autobús me lo confirmó, siendo la gota que derramó el vaso. La verdad, desde entonces me sentí más "libre".
Frustración. Bueno, supongo que al admitir la ira, la frustración viene de la mano. Frustré mi ira, para empezar. Quise ser un ciudadano modelo, de esos que son respetados por todos, que no tienen problemas con nadie, que a todos procura ayudar y viceversa. Y lo estaba logrando. Aquí es donde viene el famoso "pero", pues una secuencia de acontecimientos terminaron por quebrantar mis principios, todo aquello en lo que había creído. Unos dirían que me volví loco, pero en realidad, creo que loco ya estaba, simplemente lo controlaba y ocultaba.
Y es que me gustaría decir que esta es la primera y la última vida que erradico de este mundo, pero no es así. No es mi primera víctima, y si mañana sigo libre, podría jurar que tampoco será la última. Unos le llaman sed de sangre, lo cual me parece equivocado. Más bien es sed de violencia, y lo compruebo mientras quito mi pie del camino que va creando dicho líquido desde el cadáver hasta el centro de la habitación. Supongo que no hicieron bien la nivelación del piso.
Escucho el forcejeo de las puestas en niveles inferiores del edificio. Los policías ya están registrando, como si de una película de acción se tratara. Me parece ilógico, pues los gritos debieron ser suficientemente claros como para identificar la habitación del crimen. Tal vez sea protocolo o tal vez tengan miedo de lo que puedan encontrar y quieren retrasar el momento del "enfrentamiento". Como si fuese capaz de asesinarlos a todos… bueno, a todos al mismo tiempo. De una cosas sí estoy seguro, y es que esos policías que me buscan no lo hacen para apresarme por mis crímenes, sino para golpearme como desahogo por los suyos.
Mi mente está empezando a fallar. ¿Por qué las paredes flexionan su forma? Eso no es normal, yo lo sé. Y no obstante, es lo que estoy viendo. Viendo, no imaginando. Mis manos tiemblan sin control pero, curiosamente, mis piernas no. No es miedo lo que tengo, ni siquiera nerviosismo. Es ansiedad. Mi sed de violencia no se ha calmado aún, ese hombre no era digno para mis manos asesinas. Fue una persona ruin, un estafador, violador y ladrón, pero sé que hay personas peores en este mundo, incluso en esta ciudad.
Le llaman Ciudad Paraíso por costumbre, porque al fundarla pensaron que eso sería, un lugar donde la tranquilidad y libertad serían las constantes. Pero no fue así. Algunas personas decidieron que ese paraíso era demasiado perfecto para todos y quisieron adueñárselo para controlarlo, igual que otros tantos. Desde entonces nadie estuvo tranquilo, nadie fue libre, todos enloquecieron. Algunos, como yo, logramos contener la demencia intentando seguir con nuestras vidas como si nada pasara, ignorando la creciente violencia a nuestro alrededor y manteniendo la esperanza de que todo lo malo terminaría. Sin embargo, no hace mucho descubrí por la mala que las mentiras tienen su límite, incluso las que nos decimos a nosotros mismos, y que al final todos sucumbimos a la locura, y que esa locura tiene distintas maneras de manifestarse. Por generalidad en esta ciudad, el sadismo prevalece como la expresión de esa demencia.
En esta ciudad ya no hay Paraíso. En esta ciudad ya casi no quedan personas, pues su lugar lo han ocupado entes que buscan un motivo para seguir en este mundo. Los que alguna vez fueron ángeles hoy se han convertido en demonios que atormentan la escasa vida remanente en las calles, y los que eran demonios se han transformado en cadáveres. La muerte se ha convertido en algo más cotidiano que la vida misma.
Siendo así las cosas en esta ciudad, mi hogar, el lugar donde crecí, ¿cómo esperaban que no enloqueciera? Era cuestión de tiempo para que mi transformación en psicópata concluyera. Incluso me atrevo a decir que tardé. Soporté demasiadas muertes en mi familia, las pérdidas materiales fueron sustituidas por pérdidas de cordura. Las alucinaciones las mantuve controladas, pero todo tiene límites, incluso los límites. Ahora he dejado de ser una víctima para ser considerado un victimario. Un asesino más del paraíso.
Y de nueva cuenta, me pregunto cómo es que llegué hasta donde estoy. Miro a mi alrededor para descubrir que estoy en la calle, las personas pasan a mi lado, absortos en el espectáculo que ofrecen los equipos especiales de la policía frente a aquel edificio, donde seguramente asesinaron a alguien. Yo sé a quién asesinaron y por qué, incluso sé quién fue. Yo soy el asesino, el que siempre encuentra una manera de escapar, incluso estando a la vista de mis presuntos captores. Meto mis manos en los bolsillos de mi abrigo debido al frío aire que repentinamente se siente en las calles, la brisa de la muerte.
Algo falta en mis bolsillos. Sé que traía algo. Ya recuerdo qué era, billetes. Por lo menos ya sé cómo fue que salí del edificio tan pronto y sin problema alguno. Toda persona tiene una cantidad marcada en la frente, y de pagarse dicha cantidad, se puede hacer con esa persona lo que uno quiera. Benditos sean los sobornos. Es una pena que ese dinero no les servirá de nada si se atreven a entrar muy pronto al departamento. En cuestión de segundos explotará, si recuerdo bien lo que me dijo aquel hombre que dicen es un Santo...

8 feb. 2012

Cuando Muera

El siguiente escrito fu concebido hace ya un tiempo debido a una sucesión de acontecimientos personales relacionados precisamente con la muerte. Para muchos puede parecer un escrito muy sombrío, deprimente y hasta preocupante. No hay motivos para considerarlo de estas últimas maneras, puesto que, para su autor, es más bien una promesa que algún día confía cumplir.

Diversas circunstancias me han hecho preguntarme
acerca del destino y acerca de lo que pase
ese día en que me vaya, el día en que muera,
y divagando un poco he encontrado respuesta.
Cuando muera será un día grisáceo y lluvioso,
será un día sencillo como cualquier otro.
La lluvia se encargará de purificar mi alma
y las nubes bloquearán las ilusiones falsas
de que mi destino esté allá en los cielos,
yo bien sé que es más probable tener sitio en el infierno.
Siempre supe que el paraíso no era para mí,
no fui ni seré un santo ni siquiera al morir.
Aún así no me arrepiento de lo que haya hecho,
pero eso no significa que siempre estuve satisfecho.
Cuando muera quisiera escuchar una canción,
una que hable de Nada, del tiempo y de cómo soy.
Quiero sentir las notas que esa melodía tiene
y que mi corazón detenga su palpitar insistente
al ritmo del viento, al ritmo de la lluvia,
y que al término de esta se esfumen mis penurias.
El día que muera no será de tristeza,
no quiero saber que sufren con cosas como esa.
Sólo quiero saber que sí me recuerdan
y que su compañía ese día es de lo más honesta.
No quiero saber que en mi sepultura
haya lágrimas que confundan su caída con la lluvia.
Si acaso ha de haber llanto solo pido sea sincero
y que después se olvide que ese día he muerto.
Lo último que quiero es que sufran por mi culpa
o que carguen mis cruces, pecados o dudas.
Sería deprimente que aún después de muerto
siga ocasionando algún tipo de sufrimiento.
Solo quiero me despidan con un par de palabras
y después me permitan seguir con mis andanzas.
Aunque me es incierto si tendré otra vida,
me gusta imaginar que lo sabré ese día.
Cuando muera quiero irme con una sonrisa
esbozada en mi rostro y sin ninguna letanía,
que mi alma sea juzgada tal cual termine siendo,
no me gustarían disfraces ni siquiera estando muerto.
Si algo aún debo entonces habré de pagarlo,
y solamente yo de eso me haré cargo.
Nada de intermediarios entre mi destino y yo,
no quiero que interfieran aunque haya buena intención.
No me da miedo enfrentarme a lo que pueda causar,
lo que me aterra es que a otros vaya a involucrar.
El día en que muera no será de tristeza,
tal vez termine mi vida pero otras cosas empiezan.
Sólo quiero saber que sí me recuerdan
aunque no haya logrado enormes proezas.
Cuando muera quiero que recuerden mis versos,
tal vez así se esclarezca el cómo fui por dentro,
será una manera para que me entiendan
y con algo de suerte algo más aprendan.
Todo lo que dije tuvo sus razones,
lo que dejé escrito es más que opiniones,
es parte de todo lo que pude aprender,
son fragmentos de memoria que nunca olvidaré.
No son enseñanzas y menos son poemas,
solo es lo que pensaba en situaciones inciertas.
Cuando muera estaré triste porque habré de despedirme,
diré "Adiós" a todo y todos cuando mi existencia termine,
pero a nadie olvidaré en ningún momento,
sé que los veré otra vez a su debido tiempo.
Esperaré tranquilo hasta que llegue el día
en que nuestros caminos recuperen sincronía,
el día en que mis sentidos aprecien la poesía
que un reencuentro en otra vida significa.
El día en que muera no será de tristeza,
será un simple intermedio aunque no lo parezca.
Sólo quiero saber que sí me recuerdan
y así podré irme tranquilo y sin penas.

Kaiser – Julio 2007