31 may. 2011

Hoy Vi A Pablo

Hoy vi a Pablo. Sé que me dirás que eso es bueno, pero no, no lo es.
Lo vi por la tarde, a la hora de la comida. Al entrar a ese restaurante, no presté atención a nada de mi entorno, pues me encontraba bastante concentrado en una llamada. Fue por ello que entré como si conociera perfectamente aquel sitio, como si de un pasillo vacío se tratara, ignorando el ruido alrededor. Me dirigí a una mesa, la primera que noté vacía y que no estuviese cerca de la entrada, pues el ruido de la calle nunca ha sido mi mejor compañero para comer. Además, la noche anterior no había logrado conciliar el sueño debidamente, y en toda la mañana no había tenido oportunidad de beber siquiera un sorbo de café, así que mis alimentos debía ingerirlos de la manera menos estresante posible.
Así pues, elegí una mesa, aún con el celular pegado al oído, y me dispuse a ver las opciones gastronómicas del día. Nuevamente, mis ojos no enfocaron a otra cosa que no estuviese enfrente mío, y en aquel momento era el pequeño menú. No parecía malo, así que hice señas al mesero para comenzar a comer cuanto antes, pues no tenía mucho tiempo libre.
Mientras tanto, la llamada que minutos antes había iniciado, casi llegaba a su fin, mientras que daba inicio mi lapsus de ingesta. Por primera vez miré a mi alrededor, y noté el suave color verde de las paredes. Siempre me pareció irónico que un color tuviese "textura", pero esa sensación me daba el decorado del local. A mi izquierda, algunas mesas estaba ocupadas por un par de familias, una pareja y un grupo de, lo que parecían ser, compañeros de trabajo. A mi derecha, otro par de mesas habían sido utilizadas por una sola persona, salvo la mesa contigua a la mía, que recién era ocupada por un grupo de tres hombres y una mujer, todos ellos notoriamente "oficinistas". En la televisión transmitían una película, de esas de acción. Me resultó algo llamativa, así que la vi mientras comía. Fue ahí cuando comenzó lo raro.
Inevitablemente, las voces del grupo de comensales a mi lado llegaron a mis oídos, y aunque no puse atención a sus palabras, el tono de voz de uno de ellos llamó mi atención: era un tono grave pero ligeramente nasal. Sabía que nunca le había escuchado, pero algo en mi ser indicaba que sí, que de alguna manera y en algún lugar ya había escuchado esa voz. Miré de reojo a la mesa de donde provenía dicha voz, y la primer silueta que distinguí en mi rango visual me sorprendió. Giré rápido pero discretamente mi cabeza, mirando hacia el plato del cual comía. No podía ser posible. Esa silueta, la nariz, el mentón, la frente, todo. Era imposible… pero era.
Desde ese momento, las ideas y sugestiones no dejaron de rondar en mi cabeza. ¿De verdad era Pablo? ¿Mi amigo al que hace años no veo? No, no podía ser. Era imposible que estuviese ahí. Además, no me había reconocido, y aunque físicamente he cambiado desde aquellos días de escuela en que solíamos juntarnos toda "la banda", pues no era tan drástica mi metamorfosis. No, no podía ser él.
Seguí con mis alimentos, y en algunos momentos, mirando la televisión para saber cómo iba la trama de la película. Sin embargo, eso sólo era un pretexto para ver de reojo a aquel hombre que reía de manera discreta con cada anécdota de sus compañeros. Así pasaron varios minutos, hasta que me di cuenta que recién terminaba mi primer platillo, mientras que en la mesa contigua ya se preparaban para irse.
Me dije una y otra vez que no era él, que era imposible. Aunque Pablo bien podría estar trabajando en aquella zona, no podía tratarse de él, sólo de alguien muy parecido, o incluso podía ser una mala broma de mi paranoia. Sí, eso era. Mi paranoia.
No le di más importancia al asunto, y continué comiendo. Fue entonces que levanté un poco la mirada y vi de frente a aquel hombre tan parecido a mi amigo. No eran parecidos, sino idénticos. No sé si mi asombro fue notorio en aquel momento, sólo sé que recibí como respuesta un simple y sencillo "Provecho" de ese hombre, seguido de un a penas audible "Hasta luego". Eso fue suficiente para que viera a mi amigo Pablo ahí, frente a mi.
No sabría describir ese instante, el reencuentro con una persona a la que hace tanto tiempo no veía, de quien no sabía nada, a quien no visitaba desde hacía mucho. Fue un momento de felicidad, como si del renacimiento de una hermandad se tratara. En un instante vinieron a mi memoria todas aquellas vivencias en el colegio, cuando nuestro grupo de amigos sobrepasaba la docena, aquellos tiempos en que convivíamos como si la vida nos deparara años de comodidad y benevolencia. Ese recuerdo se esfumó tan pronto como había acudido a mi mente.
Miré cómo se alejaba Pablo en dirección a la salida, mientras la luz de la calle creaba alrededor de su figura una especia de aura blanquecina. Estaba seguro que era él. No debió reconocerme en aquel momento. Finalmente, ya han pasado algunos años desde la última vez que nos vimos, de la última vez que hablamos. La última vez…
Hoy por la tarde vi a Pablo, uno de mis mejores amigos de mi adolescencia. Lo vi, pero no me reconoció, y yo no lo reconocí sino hasta el último instante. Ese hombre era Pablo, tenía su mismo perfil, su mismo tono de piel, y aunque el tono de voz difería de como lo recordaba, estaba seguro que se trataba de él. En cuanto salió del restaurante, tomé mi teléfono celular nuevamente y comencé a buscar en el directorio los números del resto de mis amigos, aquellos a los que aún seguía frecuentando y que sabía también llevaba tiempo que ignoraban del paradero de Pablo. Entonces me detuve. No ignoraban dónde estaba nuestro amigo, lo sabían muy bien. Y yo también lo sabía perfectamente.
Hoy vi a Pablo, aquel amigo, casi hermano, que desde hace años no veía. Tal vez sería algo bueno, de no ser porque han pasado 6 años desde su fallecimiento…

Este texto está basado en hechos reales acontecidos la tarde del día lunes 30 de mayo de 2011, y está dedicado a la memoria de quien fuese un gran amigo, no sólo mío, sino de todos quienes le conocieron.

Kaiser – 31/05/11

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