25 jun. 2010

Yo La Maté

¿Y qué si la maté? No podrán hacer nada ante eso. No podrán castigarme porque, a pesar del homicidio, no pueden culparme de nada. Además, lo hecho hecho está y lo que importa es que ya jamás volveré a verla. Finalmente, era lo que ella quería, ¿no es así? No verme más.
Lo admito, no fue nada sencillo deshacerme de ella. La quise mucho, tal vez demasiado. Es cómico: tanto la quise que tuve que matarla. Sí, muy cómico…
No, no es cómico. Es irónico. Es trágico. Es estúpido. Es… es lo que decidí hacer, así de simple.
Ayer por la tarde comencé a pensarlo. Ya habían pasado algunos meses desde que la conociera y me enamorara de ella, de sus ojos tan brillantes e inocentes, de su cabello jugueteando con el aire, del olor que emanaba de su piel como una suave caricia que me dejaba a su merced,  de su sonrisa de ángel capaz de sanar cualquier herida de mi mente. Me enamoré de toda ella, incluso de su manera de ser.
Y no, no era un amor común. Era mucho más. Lo sé, ya antes me había enamorado, pero jamás de tal manera. Ella era todo lo que soñé y mucho más, la perfección hecha mujer, lo mejor de mi vida. Es más, llegó un momento en el cual en verdad era mi vida. Sólo despertaba por ella, respiraba por ella, vivía por ella. Era mi todo. Ahí comenzó el problema.
Y fue por ello que hoy opté por terminar con su presencia en este mundo, mi mundo. Sí, suena egoísta tal vez, pero cualquier otro podría decir lo mismo. En fin, el punto es que ella ya no aparecerá en mi vida nunca más…
¡Carajo! ¡¿Qué hice?! Era todo para mí, y no obstante la asesiné. Entonces ¿qué me queda? Nada. Eliminé lo único que tenía sentido para mí, o más bien, la única que hacía que todo tuviera sentido para mí.
Pero no sé si me arrepiento de haberlo hecho. Es muy temprano para pensar en ello. Lo lamento, sí, pero aún no me atrevo a decir que fue un error. Matarla fue un acontecimiento, simple y sencillamente un suceso, y si bien sé que traerá fuertes consecuencias, estoy seguro de que les haré frente, aunque de lo que no estoy seguro es si mi mente podrá soportarlo…
Mi plan de matarla no ha sido del todo un éxito. Pareciera que sigue viva. Creo que haberla asesinado sólo ha provocado que piense más en ella. Cada segundo que pasa es un recuerdo de nosotros que me tortura de la peor manera posible, usando mi sentir, el amor que le profesé, convirtiéndolo en odio, pero en un odio falso, creado con el único fin de sobrevivir. La maté para poder vivir.
Y aún así, dudo haberlo logrado. Vivo pero sólo en ciertos aspectos. Respiro, me alimento (poco, pero lo hago), duermo (casi nada), etcétera. Hago todo que una persona viva podría hacer, pero no por ello siento que esté viviendo. ¿Por qué?
Obvio. Porque mi vida era ella, y yo me encargué de erradicarla de mi existencia. Haberle matado implica haberme matado a mi también…
Sí, yo la maté. La maté en mis pensamientos, el único lugar en donde me atrevería a hacerle daño. La asesiné en mis memorias para deshacerme de todo lo relacionado a ella… Pero siendo ella mi todo, ahora me quedo sin nada…
Sí… Yo la maté… Y (no) lo volvería a hacer…

Kaiser – 25/06/10

20 jun. 2010

En La Tormenta

Un relámpago iluminó los rostros de los tres y un brillo especial aparecía en las manos de Álvaro. Le apuntaba a Fabián con el arma directamente a la cabeza. Pero Fabián sabía que, a pesar de lo mucho que deseaba jalar el gatillo, ninguna bala le tocaría ese día. Era obvio. La mujer que mantenía sujeta por el cuello con su poderosa mano izquierda le servía de escudo. Un verdadero cliché.
- Déjala ir- dentro de su nerviosismo, Álvaro aún pudo articular las palabras. Sentía su cuerpo temblar, pero hizo hasta lo imposible por mantener sus brazos firmes mientras sostenía el arma.
- Lo siento muchachito, pero debo llevármela. Así que mejor deja esa pistola y vete de aquí. Olvida lo que has visto y sigue con tu vida. Es lo mejor que puedes hacer.
- No. No olvidaré nada. Voy a hacerlos caer, ¿me oyes? ¡No los dejaré seguir con esto!
Fabián sonrió. Era obvio que aquel muchacho estaba decidido a cumplir su objetivo, y cualquier mínimo error podía significarle fallar en su misión, inclusive morir.
- Bien, entonces dime algo muchacho. ¿Has visto quienes somos? ¿Sabes contra quién te enfrentas?
La mujer sollozó. A su mente acudieron imágenes de los días recientes y de todo lo que había descubierto junto con Álvaro. Él, mientras tanto, titubeó antes de responder. Su cabeza se convirtió en un remolino de ira y confusión.
- ¡Sí, lo sé! ¡Al Hombre Santo y sus Verdugos! ¡Y tú eres uno de ellos!- mezclado con la ira, un escalofrío hizo que Álvaro alzara la voz- ¡Pero no me importa! Sé que los puedo detener. Sé que no soy el único que los enfrentará. ¡La ciudad misma los repudia!
El llanto de la mujer se sobrepuso al sonido de la tormenta. Los tres estaban ya empapados, y aquella habitación no les serviría de resguardo por mucho tiempo. Debían salir de ahí cuanto antes, o los deslaves de las colinas comenzarían a amenazar los cimientos tambaleantes de la choza. Pero todo parecía congelado en el tiempo.
- Él tenía mucha razón acerca de ti, muchacho. No se equivocó cuando te eligió.
Las palabras del hombre rubio incrementaron las dudas en Álvaro. En su mirada, el desconcierto se dejó notar.
- ¿Quién?
- Él. El Hombre Santo- una mueca que intentaba ser una sonrisa se dibujó en el rostro de Fabián-. Desde que te conoció sabía que serías útil. Nunca dudó de ti y de tus capacidades. ¿O en verdad crees que estos últimos tres días fueron mera coincidencia?
- Mientes...
- Me mandó para cerciorarme de que encontrarías las respuestas a tus dudas. Fui yo quien dejó esos mensajes en el hotel. ¿Recuerdas a los tres tipos que los seguían anoche? También fui yo quien los quitó del camino. Todo se hizo para que tú descubrieras el trasfondo de todo esto, para que te dieras cuenta de lo importante que eres en los planes.
- ¡No le creas Álvaro! ¡Está mintiendo! ¡Lo hace para confundirte como lo hizo con Alfonso! ¡Recuérdalo por favor!
Álvaro ya no miraba a Fabián. Miraba el arma, confundido por las palabras del Verdugo rubio, por los acontecimientos recientes, y que comenzaban a cobrar significado. “Por eso fue tan sencillo. Lo que nadie logró desde hace años nosotros lo descubrimos en tres días...”
- Si es cierto lo que dices- comenzó a bajar el arma-, ¿para qué me eligió? ¿qué carajos tengo yo que ver en sus planes?
- Mucho más de lo que te imaginas Álvaro. Tu destino está trazado, así como el del Hombre Santo, el mío y el del resto de los Verdugos. Estás destinado a ser parte de la nueva era, del renacimiento de la ciudad- aquella mueca que parecía sonrisa comenzaba a distorsionarse para convertirse en una desquiciada carcajada-. Somos los únicos que podemos cambiar esto, y lo lograremos muy pronto. Él lleva trabajando en esto desde...
-Desde hace 7 años, lo sé.
La mujer seguía llorando, ahora estaba más atenta a la conversación. Ya había intentado zafarse de su captor, pero seguía siendo inútil su esfuerzo ante la fuerza del Verdugo. Y ahora Álvaro había dudado, ya no deseaba dispararle. Ya no tenían la ventaja, el enemigo los tenía en jaque.
- Bien- luego de unos segundos de silencio y meditación, Álvaro habló de nuevo-, déjala ir. Llévame con el Hombre Santo.
- Jajajajajajajaja. Lamentablemente, no es tan sencillo muchacho. Ella no está en los planes, ya sabe demasiado de nosotros y definitivamente no olvidará nada mientras viva.
Un nuevo brillo surgió en los ojos del muchacho. No podía permitir que Fabián hiciera lo que insinuaba, no después de saber la historia de esa mujer. Debía salvarla de algún modo.
- Si en verdad me necesitan, déjala ir.
- No subestimes tu importancia muchacho. No eres nadie para darme órdenes, y dudo que quieras arriesgarte con tu pistolita a un "tiro al blanco" con ella de por medio- para acentuar sus palabras, Fabián sacudió a la mujer un poco.
Álvaro seguía furioso, pero totalmente impotente. La luz de otro relámpago entró por el par de ventanas de la habitación, y con ella, una idea en su mente. Subió de nuevo sus brazos empuñando con más fuerza el arma, pero en vez de apuntar a Fabián, dirigió el cañón de la pistola hacia su propio rostro. Ahora era el Verdugo quien estaba confundido.
- Si la matas, no veo razón para seguir con vida.
- No lo hagas Álvaro- la mujer habló con un susurro a penas audible-. Aún puedes detener esto.
- No preciosa, no puede detenernos- Fabián le habló al oído de la mujer y luego miró fijamente a Álvaro-. Y lo sabe muy bien. No es tonto.
- Si en verdad me requieren, déjala ir- temblando, sostuvo con mayor fuerza la pistola y la colocó apuntando a su sien derecha-. De lo contrario...
Fabián titubeó unos segundos. Finalmente, liberó a la mujer y con un movimiento suave la encaminó hacia la salida.
- Vete. No me importa lo que intentes hacer, igual no lograrás nada.
La mujer miró a Álvaro, quien le devolvió la mirada asintiendo. Fue suficiente señal para que ella echara a correr.
- Bien Fabián, ya sólo somos nosotros dos...
Fuera de la pequeña choza, la tormenta parecía esperarle. Las pesadas gotas caían sobre su cabeza, golpeaban su rostro, la hacían moverse más lento de lo normal. Sólo pasó un minuto, tal vez dos. En medio de su desesperada carrera y cerca de llegar a la entrada del pequeño bosque, escuchó el sonido inconfundible de un único disparo.
Pero no se detuvo. Ni siquiera miró atrás. Sin importar el desenlace de la confrontación, no podía darse el lujo de detenerse. Si Álvaro había disparado a Fabián, como esperaba que hubiese sido, en unos minutos más le alcanzaría y huirían de regreso a la ciudad. Pero algo en su interior le decía que no sería así. Además, mientras Fabián la tenía sujetada por el cuello, había podido notar que él también llevaba un arma, aunque no la había usado, ni siquiera mostrado.
Comenzó entonces a resignarse, a pensar que Álvaro estaba muerto. Lo más lógico, lo más probable, lo más seguro. Las últimas lágrimas que brotaron de sus ojos esa noche se confundieron con la lluvia. Un sentimiento de culpa le invadió de repente. Había pedido la ayuda de Álvaro, y si bien ambos habían conseguido sus propios objetivos, sólo ella podría contarlo y ver de nuevo la ciudad. Era la segunda vez que le sucedía, y una sensación familiar le hizo llorar con más fuerza.
Pero no se detendría. Tenía que continuar si en verdad deseaba su venganza, porque ahora había mucho más en juego.
Fabián miró la lluvia hasta que terminó con el amanecer. Todo iba tal cual estaba previsto, pero aún tenía dudas acerca de la efectividad de aquella misión. Estaba muy lejos de la ciudad, pronto comenzaría la verdadera diversión y él tal vez no llegaría a tiempo para ello.
- No importa- habló en voz alta aunque nadie lo escuchaba-. Aún puedo ver cómo termina todo.
Salió de la pequeña cabaña mientras ocultaba la pistola entre sus ropas, y se dirigió con tranquilidad al pueblo. Tenía hambre. Su estómago se lo recordó con un gruñido sonoro, al cual siguió el estruendo de un deslave.
Bastaron unos veinte segundos para que el lodo y algunas rocas destruyeran el trabajo de un par de días. La choza quedó totalmente sepultada. Nadie hubiese imaginado que debajo de ese montón de tierra húmeda descansaba el cadáver de alguien.

Kaiser - 2010

15 jun. 2010

La Huída

*El siguiente texto está basado en el fragmento de otro, autoría de alguien aún desconocido para mi. No obstante, me parece justo darle crédito y honor a quien lo merece. Gracias por la inspiración.

Comenzó a correr. A penas tenía la fuerza para mantenerse de pie, pero sus piernas parecían estar poseídas por un demonio, un demonio que buscaba su supervivencia. Por ello fue que le dejó actuar.
Subió las escaleras cuan rápido pudo, pero los últimos dos escalones le hicieron tropezar. Las drogas que le habían suministrado por la mañana entorpecieron sus reflejos haciéndola caer sobre sus rodillas. Las heridas que su captor le dejara como recuerdo desde días anteriores, nuevamente se abrieron. Sintió la humedad de la sangre y la rasposa madera en su piel, mientras que evitaba caer totalmente al  poner sus brazos entre el piso y ella. Su muñeca derecha crujió por tercera vez ese día, pero en esos momentos no sintió dolor, tal vez por la adrenalina, o tal vez por los narcóticos que aún anidaban en su organismo.
Apoyó sus manos en el suelo, recordando cuando corría en la escuela, adoptando la misma posición de salida que le hiciera ganar aquella carrera en quinto grado, y tomó impulso para lanzarse desde la salida del sótano hasta la cocina. Pudo escuchar el gutural lamento del monstruo que yacía semi inconsciente en el fondo del sótano, y la desesperación le apremió a huir de ahí lo antes posible.
Al salir del sótano ignoró el punzante dolor de su mano y la molestia en sus rodillas que comenzaba a crecer, evitó tropezar con la silla que servía de lugar de descanso al monstruo y siguió corriendo a través de la cocina para llegar a la sala. Al entrar en la estadía principal de la casa, se dio cuenta de que estaba cojeando. Su rodilla izquierda continuaba sangrando, pero la adrenalina y el temor ya le habían hecho inmune al dolor, al menos temporalmente. Debía entonces aprovechar esa ventaja.
Buscó con la vista alrededor, esperando encontrar una de las armas que habían empleado para someterla, pero no pudo diferenciarlas entre toda la basura que había en los muebles y el suelo. Se resignó a huir sin una defensa verdadera, dirigiéndose  a la puerta, la salida de aquel infierno, sin notar aún el rastro tenue y rojizo que dejaba con cada paso.
Abrió la puerta, y la oscuridad llenó su visión de inmediato. No sabía dónde estaba, la penumbra evitaba tener cualquier indicio de orientación. Dio un paso adelante, y una sensación fría y rasposa en sus pies le recordó su parcial desnudez. Continuó avanzando, y la brisa nocturna le acarició salvajemente en todo su cuerpo, refrescándola un poco, pero avisándole también que podía ser letal después de estar expuesta cierto tiempo. Debía apresurarse.
Comenzó a caminar, y con cada paso iba incrementando la velocidad. El aire continuaba azotando su ya débil cuerpo, pero las ganas de vivir, esas que casi se habían extinto en días anteriores, regresaron a su mente junto con un halo de energía. apremió aún más su trote, con la esperanza de encontrar una carretera, un camino o mejor aún, algún vecino, un loco que disfrutara viviendo en medio del bosque, igual que el monstruo y sus cómplices que la aprisionaran. Un loco, pero al mismo tiempo, un héroe para esa dama en apuros.
Sus ilusiones comenzaron a materializarse después de varios metros de camino y no pocas punzadas profundas en las plantas de los pies, cortesía de la espesa hierba y ramas caídas de la zona. En la cercanía pudo distinguir una luz, una linterna sin duda. Se movía con habilidad entre la oscuridad, a veces sofocada por los árboles que se ponían en su camino, pero siempre avanzando. Avanzaba en dirección a ella. Quien quiera que fuese aquel portador de luz, ya sabía de su presencia, y seguramente se dirigía a ella para ayudarle. Fue por ello que decidió detener su camino y esperar a que la luz llegara a ella.
Pero no lo hizo. En cuanto detuvo su caminar, sus pies recobraron la sensibilidad, así como su rodilla, su muñeca y todo fragmento de su cuerpo que había soportado el castigo infringido sin fundamento alguno por el monstruo del sótano. El esfuerzo sobrehumano que acababa de realizar comenzó con sus efectos secundarios. Se sintió desfallecer, las piernas le temblaron violentamente haciéndola caer sobre su rodilla derecha, la que estaba en mejores condiciones. Con trabajo pudo sostenerse unos segundos, para luego caer sobre su hombro derecho y quedar recostada entre la hierba y la penumbra. Intentó respirar entre jadeos, pero sus pulmones a penas conseguían captar un poco del aire nocturno que inhalaba. Era tanto su esfuerzo por aspirar un poco de oxígeno, que sus oídos no se percataron de los pasos cercanos. No obstante, fue en una de esas inhalaciones que notó el olor del odio y el temor. El olor del monstruo del sótano.
Cerró los ojos. No deseaba ver más aquella noche. Sólo sintió la fuerza de los mismos toscos brazos que le habían golpeado horas antes, desatar su furia en sus costillas. A pesar del crujido de sus huesos, no gritó. No podía hacerlo, le faltaba aire. Aquel fiero puño descargó su fuerza cuatro veces más, la última en la cabeza. Eso fue lo último que ella sintió aquella noche.
El monstruo levantó a su presa con facilidad y la colocó sobre su hombro izquierdo para transportarla hasta su recinto. Antes de encaminarse, miró hacia la linterna que anteriormente había ofrecido esperanza a aquella mujer. Levantó la mano en señal amistosa, y su gesto fue respondido de la misma manera por el portador de la linterna. Luego, el monstruo señaló uno de los árboles, y el portador de la luz se dirigió de inmediato ahí. Segundos después, el saludo se repitió y ambos dieron media vuelta.
Así, cada uno se dirigió a su zona de seguridad: el monstruo a su sótano con su presa, y el policía a su patrulla con su pago.

Kaiser – Mayo y Junio 2010