4 ene. 2018

Murciélagos

Luna llena. Los edificios en los alrededores se bañaban de la blanquecina luz nocturna, mientras la mayoría de las luminarias artificiales se iban apagando, sucumbiendo al tiempo y las promesas de actividades al día siguiente. Desde el balcón se visualizaba esa somnolencia que comenzaba a invadir las calles.

La celebración en aquel salón rentado también había concluido sus mejores momentos, y ni siquiera habían sido tan buenos, a parecer de él. Habían asistido en grupo a un festejo relativamente improvisado, pero el alcohol hizo estragos en varios de los asistentes, y los pocos que resistieron ya se preparaban para irse. Sólo quedaban ella y él, bebiendo distraídos y con pequeños sorbos, mirando la luna y su manto nocturno.

-Vaya fiesta, ¿no crees? -dijo ella, para romper el silencio entre ambos.
-¿Qué te digo? No todos aguantan igual el vino.
-¿O sea que tú sí aguantas tomar mucho? - preguntó con cierta malicia juguetona a su compañero.
-No mucho, pero hoy parece que les gané a varios.
-Ganamos. No eres el único sobrio que queda.

Miraron a sus espaldas. Los pocos asistentes que aún se encontraban en el salón ya preparaban sus abrigos para dirigirse a sus hogares.

-Dentro de unos minutos, tal vez.
-No creo. Yo pienso estar sólo un poco más por aquí, y no está en mis planes embriagarme.
-No eres la única con esos planes. Pensaba sentarme a ver la luna un rato, ¿gustas?
-Claro, en un momento. Iré por unos cigarros.

Ambos entraron al salón. Ella se dirigió a la mesa donde horas antes había cenado para buscar en su bolsa de mano la cajetilla de cigarros y el encendedor. Él, mientras tanto, tomó dos sillas de la mesa más cercana y la colocó en el estrecho balcón donde había platicado con su compañera. Desde ahí podrían admirar la blanca luna y cómo las construcciones aledañas buscaban en vano cubrirla con su altura. La brisa tenía una calidez peculiar para la hora, casi medianoche, y la sed de ambos pareció delatarse con una ligera sonrisa.

Optaron ambos por un whiskey en las rocas, los cuales serían provistos por una de las últimas botellas nuevas de la fiesta, y tomaron asiento en el cálido balcón, mientras a sus espaldas continuaban los otros invitados el ritual de despedida entre ellos mismos. La música ambiental no era estruendosa, pero servía para cubrir un poco las pláticas ajenas y mantener con cierta privacidad la de ellos. La tonada sugería cierta tranquilidad que comenzaba a envolverlos bajo la luminosa presencia de la luna. 

-¿Escuchaste eso? -preguntó ella con calma.
-Si. ¿Qué será? 
-No lo sé. Parecen chillidos, o algo así. -aguzó el oído en dirección a la calle mientras se acercaba al borde del balcón. Los cinco niveles que les distanciaban del suelo a penas eran visibles a esas horas -Creo que son murciélagos.
-¿Qué? ¿Cómo que murciélagos?
-Si, suenan parecido.

Se miraron por unos instantes ante tal ironía. "¿Cómo es posible que haya murciélagos aquí?", dijeron casi al unísono mientras dejaban escapar las risas contenidas. Algunos de los invitados voltearon hacia donde ellos se encontraban, para luego ignorarlos otra vez y continuar con sus eternas y casi somnolientas despedidas.

-¿Quién diría que nos íbamos a encontrar murciélagos en esta zona de la ciudad? No entiendo cómo es que pueden vivir aquí, seguro tienen su nido bajo este balcón.
-Es probable. Entre el clima y el lugar... nunca me hubiese imaginado que habría murciélagos.

La plática se encaminó hacia varios tópicos. Hablaron del pasado y sus consecuencias, de las decisiones tomadas y también de los esbozos que el futuro parecía regalarles en sus vidas. Cada vez que los vasos se vaciaban, él se encargaba de resurtir el contenido y ella de proponer un nuevo brindis. La botella se fue vaciando a buena velocidad, así como las ideas que ambos deseaban expresar desde tiempo antes, y ahora que encontraban receptor, parecían cobrar más sentido e importancia. Debatieron un poco acerca del amor, pero el tema no era el idóneo para aquella noche, así que comenzaron a hablar del panorama que desde el balcón vislumbraban.

Fue entonces que notaron el cambio de música. Una melodía lenta comenzaba a invadir la estancia con sus primeras notas, y las últimas dos personas que quedaban en el salón continuaban ocupadas poniéndose al día de sus respectivas vidas. Ella y él los espiaron unos momentos, y luego de confirmar que prácticamente estaban en otro mundo para ellos, volvieron su vista hacia la luna, que bañaba la larga cabellera de ella en un tono plateado, confiriéndole cierta sensualidad. Él no lo había notado hasta ese momento, pero a su lado se encontraba una mujer muy atractiva, y que discretamente le miraba, como si evaluase sus reacciones a cada movimiento que hacía, desde levantar el vaso, beber un pequeño sorbo de él o mientras se acomodaba el cabello hacia un lado, dejando al descubierto la pálida piel de su cuello.

-Esa música es muy sensual. Casi ideal para un striptease. -aventuró ella, mientras una sonrisa coqueta se dibujaba en sus labios.
-Sádica. -fue lo único que se le ocurrió responder luego de mirarla por unos segundos, en los cuales descubrió la potencial lujuria que ella era capaz de desplegar con sólo esbozar semicírculos con su cadera, incluso desde su asiento. -Sabes qué reacciones me provocas con eso, y sabes que tengo que aguantarlas.
-Si... -a su sonrisa se sumó un atisbo de satisfacción, y lentamente se levantó de su asiento, mientras acomodaba su blusa y desarrugaba un poco el pantalón, ambos del color de la noche. -Te voy a hacer sufrir un poco más.

Sin mayor preámbulo y con la decisión que le caracterizaba, se dirigió hacia él y comenzó a danzar al ritmo de aquella música embriagante. Su cadera marcaba un lento vaivén que de inmediato lo hipnotizó. Sus manos recorrían su propia silueta, y él sólo observaba, envidiando el recorrido que hacía mientras imaginaba el siguiente movimiento. Ella se acercó un poco más, y sus pechos rozaron el rostro de él, a penas lo suficiente para que la reacción natural se hiciera notar, y luego giró quedando de espaldas a la silla y su ocupante, mirando por encima del balcón hacia la luna. Él no pudo contenerse y le sujetó por la cintura, mientras se ponía de pie y avanzaba hacia ella. 

El calor de la noche se sumó al propiciado por el alcohol potenciando sus efectos en una lasciva explosión, ocasionando que las prendas se fueran deslizando hasta el suelo a gran velocidad. Primero los pantalones de ella, luego los de él. Cayeron después camisa y blusa, mientras la ropa interior fue desplazada de su lugar sólo lo suficiente para poder continuar el desborde de lujuria de ambos. Nunca sabrían cómo llegaron a esa situación, ni cuánto tiempo estuvieron admirando sus cuerpos bajo la luna, explorando su piel. Tampoco sabrían cómo pasaron de fundirse en silenciosos e intensos movimientos, a desatar su energía en progresivas y salvajes arremetidas. No podrían calcular siquiera cuántas caricias suaves compartieron antes y después de saborear el néctar lúbrico que destilaban. Ignorarían el momento en que una fiereza obscena les incitara a cumplir algunas de sus fantasías y fetiches. No lo sabrían ni les importaría, pues el placer se apoderó de ambos y no les dejó libres hasta saciar algo de esas ansias de un éxtasis supremo mientras el alba amenazaba con espiarles. 

El control sucumbió ante el deseo. Él se colocó detrás de ella, ella encima de él, en la silla, contra la pared, ambos tendidos en el suelo, con sus piernas entrelazadas, sujetando el cabello de ella, arañando el peco y espalda de él, adoptando toda posición que el reducido espacio del balcón les permitía. Sólo se detenían cuando el sonido de sus expresiones parecían superar la armonía de la música, quedando vulnerables a nuevas miradas, pero la pausa era a penas suficiente para recobrar el aliento y dejarse llevar por la atracción y dejando la templanza en el olvido. Ella sintió tocar el cielo dos veces y él se desplomó junto con ella tras alcanzarlo, jadeantes, aún ansiosos y con un nuevo e incipiente deseo que se transmitía en el fulgor de sus miradas y en la humedad que escurría entre sus muslos. Aún después de ello, y con algo de esfuerzo, las caricias y los besos continuaron invadiendo distintas zonas de sus cuerpos. Sus lenguas clamaban por volver a saborear los manantiales de la lujuria, y sus manos se hacían cómplices en el reacomodo de sus prendas. La prudencia regresaba poco a poco.

Cuando finalmente se vistieron, echaron un vistazo al salón. Ya no había nadie, y también notaron que también la música había cesado y las luces sólo mantenían visible la puerta de salida. El único sonido que aún recorría ocasionalmente la noche, era el de los supuestos murciélagos del balcón. Al estar conscientes de ello, compartieron un par de risas más, intentando dejar en el pasado su encuentro, pero sus manos aún jugaban a desatar los instintos.

-Creo que ya es hora de que cada quien se vaya a dormir. 
-No quisiera... -la respuesta de él sonaba más a invitación que a conclusión.
-Pero debemos. Ya fue mucho por hoy.

La mano de él se había acercado con sigilo hasta la cintura de ella, y con un hábil movimiento se había comenzado a colar de nuevo entre sus prendas. Al no encontrar rechazo inmediato, acercó su cuerpo al de ella, con nuevas y lujuriosas expectativas. Un nuevo chillido de murciélagos les hizo volver a ambos a la realidad, y con irónica timidez continuaron caminando hasta la salida, separados y sin mirarse, pero aún sintiéndose.

-Que raro encontrar murciélagos aquí, ¿no? -mencionó, como si quisiera aligerar la conversación.
-Si, tan raro como lo que acabamos de hacer.

Silencio. 

-Ojalá haya más noches de murciélagos.
-Tal vez... -dijo ella con esperanzadora complicidad.

10 dic. 2017

Besos de Humo

Inhala. Cierra los ojos y deja que tu mente viaje y absorba el entorno. Siente el universo desplegándose en tu interior.

Exhala. Regresa con calma. Disfruta cómo se vacía tu ser.

Besa. Libera las caricias que sus labios ofrecen a los tuyos. Responde con la suave intensidad contenida que el furor de su ser propicia en tu interior. Exploren su calidez con ese vaivén que aprendieron a coordinar.

Repite.

Mi mente se enfoca en ese ciclo estando con ella, ambos con los ojos entrecerrados, quietos. Aún así, pareciera que nos hemos desplazado al infinito, surcando los cielos y las estrellas que nos observan desde la cúpula celeste. Cada uno en su viaje y, al mismo, tiempos juntos. Abro un poco más los párpados para poder admirarle, y su piel pálida se transforma ante mi percepción en una nueva vía láctea donde me sumerjo, explorando nuevas rutas que transiten por su ser, dejándome guiar por el humo de sus besos. Mis manos se ciñen a la base de su rostro, sujetando con suavidad, como hace uno al sostener un tesoro invaluable, porque es mucho más valiosa que eso. Acaricio su mejilla y nuestros labios danzan en perfecta sincronía.

Inhala. Exhala. Besa.

Dejamos de sentir el frío de la noche hace varios minutos. Nuestra temperatura se ha ajustado aún sin los abrigos que dejamos a un lado, y la cercanía de nuestros cuerpos mantiene una cálida sensación de la que ninguno desea apartarse. Una de mis manos se ha desplazado hasta su cintura, y las manos de ella se han sujetado a su cigarrillo y a mi nuca, bailando al compás del viento, con la luna como único reflector, iluminando su rubia cabellera, deslumbrando a quien le mire. A todos menos a mí. A mí no me deslumbra su cabellera, sino toda ella. No nos movemos, pero seguimos desplazando nuestra conciencia hasta rincones del universo que no imaginábamos conocer. Hacemos de ellos nuestro patio de juegos, disfrutando cada momento, sin pensar en el final.

Besa. Inhala. Exhala.

No podían faltar las promesas melancólicas para este baile nocturno con la luna de testigo. Distancias medidas en tiempo, caminos que no sabemos recorrer, esperanzas que anhelamos tener y que se nos han escapado cada vez... Palabras que brotan espontáneamente de nosotros, emulando el humo que exhalamos, difuminándose con las nubes y el vaho que el helado clima genera. Así se van, serenas y distantes, pero dejando una estela para seguirlas. Las palabras, así como el humo, huyen con el viento, pero el viento siempre parece regresar. Yo no las olvidaré, ella fingirá hacerlo, y ninguno tiene problema con ello.

Inhala. Besa. Exhala.

La noche es joven, nosotros no tanto. El arrepentimiento acecha con cada minuto que continuamos en la intemperie, y yo insisto en evitarlo. Me acerco a ella con un abrazo que no sabe si debe corresponder, pero que tampoco sabe evitar. No debe haber culpa en lo que se hace con conciencia, así que seguimos perdidos en la oscuridad nocturna, alojando pesares y dejándolos para después, añorando nuevos tiempos que sabemos serán tan frágiles como el cristal, pero que valdrá la pena atesorar mientras sea posible. Continuamos en la perpetuidad que con tanta naturaleza hemos concebido

Inhala. Exhala.

Ella da una última bocanada a su cigarrillo. Retiene su efecto unos instantes. Se acerca y me besa con esa pasión seca que le caracteriza y que tanto me atrae. Expide su aroma disfrazada en el humo. Absorbo su beso y proceso el sabor que ella le imprime. Una nube blanquecina rodea nuestras cabezas, ya saturadas por los excesos de la noche, perdidas en el infinito "quizás" que nos hemos prometido.

Besa.

Contemplamos la noche mientras un nuevo cigarrillo escapa de la cajetilla y se desplaza hasta sus manos, mientras yo acerco la flama del encendedor a la altura de nuestros rostros, iluminando nuestras sonrisas cansinas pero sinceras, con el brillo de sus ojos inundando la penumbra de nuestro futuro, dando paso a un nuevo ciclo de respiraciones.

Efímeros, suaves, llenos de su aroma. Soy adicto a sus besos de humo.

5 dic. 2017

Tras Persianas (Parte 1)

No recuerdo la última vez que sucedió. Tantas horas de oficina hacen que uno pierda la noción del tiempo. Te olvidas de los días, sólo te queda la rutina: despertar, alistarte, salir, trabajar, aguantar, regresar, relajarte (a veces), dormir. A veces sólo es aguantar. Pero como decía, no recuerdo la última vez que estuve aquí, inerte frente a la ventana de mi habitación, bajo el cobijo de la oscuridad, conteniendo la respiración.

Ahí está, frente a mí. Son menos de veinte metros los que nos separan. Veinte extensos metros, además de un vitral para cada quien. Una sensación de deja vú me invade, pero mi mente no logra conectar los recuerdos que implica. Todos mis sentidos están alerta ante el panorama que ese pequeño espacio entre la pared y las persianas de mi habitación permiten. La luz a penas pasa por ahí, como una delgada línea, y es eso lo que me sirve de escondite.

Ella va entrando a su hogar. La reconozco porque en varias ocasiones he alcanzado a verla cuando salgo corriendo hacia el trabajo. Su tono solemne y jovial a la vez hacen que uno voltee a verla forzosamente. Su presencia impacta, y es algo que no cualquier persona logra, no para mí. Eso si, nunca he cruzado palabra con ella, más allá de un saludo cordial y simple. Nunca he tenido tiempo de verla más que unos segundos. Nunca, hasta ahora.

La vi desde que abrió la puerta. Primero fue curiosidad, pero aún mirando tras persianas, sin moverme, como si ella alcanzara a notar mi presencia. Es absurdo, seguro que ni siquiera sabe que estoy aquí, con todas las luces apagadas, sin ruido o movimientos. Y esa curiosidad inicial, ahora comienza a transformarse en algo más, de mayor intensidad, alimentándose de mi adrenalina creciente. Es morbo.

La veo a través de mi ventana y a través de la suya. Su silueta se dirige de un lado a otro, atendiendo a su mascota, recorriendo el apartamento con calma, dejando todo listo para el día de mañana... al menos es la impresión que me deja. Entonces noto que a cada tantos pasos recorridos, parece despojarse de alguna prenda. Primero fue su abrigo, seguido por la mascada que adornaba su cuello. Antes de pasar por segunda ocasión a la cocina, ya tampoco llevaba puesto el saco ni los aretes, y sus zapatillas ahora resguardaban una de las puertas. En realidad, no sé dónde estén, no logro ver por completo y temo moverme de mi posición.

Es gracioso, rozando en lo patético. ¿No me muevo por temor a ser visto? ¿Por qué habría de mirar hacia donde estoy? Aún después de estas y otras cuestiones, sigo sin mover un músculo siquiera. Mi respiración se ha relajado mucho, a pesar de que mis palpitaciones parecen incrementarse. Y es que finalmente ha llegado a su habitación.

Lo primero que hace es encender las luces. Con ello puedo ver más que su silueta, y una conocida sensación recorre mi espina dorsal y brazos, culminando en otra zona que poco a poco comienza a crecer... Ahora me doy cuenta de que debí prestar mayor atención a mi vecina por las mañanas. Me sorprende la rapidez con que la excitación desarrolla sus efectos, aún con la mayor parte de sus prendas puestas.

Creí que sería rápido, pero no. Su preparación para dormir parece todo un ritual: mueve algunas cosas de lugar, guarda otras tantas, deja a la mano unas más. Su blusa color naranja se ciñe a su figura en cada movimiento, y aunque la distancia me impide ver ciertos detalles, la luz y sus efectos propician a que imagine ciertos pliegues, incluso algunos colores más... Estoy divagando, me dejé llevar por un instante, y eso no es del todo bueno. Podría delatarme.

De repente, se detiene. Suspira con cierta fuerza y fija su mirada en las cortinas de su propia habitación. Y entonces, voltea hacia donde yo estoy. Aún oculto en la oscuridad, parece poder verme. Pero no dice nada, sólo se queda quieta, así como yo estoy desde hace unos minutos. Tensión.

Ahora comienza a desabotonar su blusa...